La primavera sigue desplegando su exuberante abundancia a pesar de nuestro forzado encierro. O puede que gracias a él.
Habría seguido haciendo su apoteósica aparición de cualquier forma, porque a la naturaleza no la para nada excepto ella misma, pero parece que ahora, sin nuestra martilleante presencia, se está mostrando a placer, pletórica, generosa.
Las lluvias. Los arroyos cargados de nutrientes. Los vientos polinizadores. Las mareas que se llevan todo lo que ya no sirve. La vegetación, fulgurante. Tantas flores de todos los colores alfombrando el espacio. Tonalidades de verde siembran el paisaje. Los animales se atreven, se aproximan, recuperan lugares, anidan las aves en las balaustradas desiertas de nuestras urbanizaciones. Delfines surcando las orillas, ciervos trotando en la playa, puercoespines que se adentran en el jardín, cabras montesas ocupando carreteras secundarias…
Un espectáculo grandioso. Un placer para los sentidos. Un gozo para el alma. Y también, tengo que admitirlo, siento tristeza en mi corazón. Me entristece darme cuenta que somos prescindibles las personas en todo este entramado de vida. Que de hecho molestamos. Entorpecemos. Dañamos. Que si se está desplegando así la naturaleza es justo porque nosotros nos replegamos. Que no hemos sabido convivir con ella y la hemos maltratado sin descanso. Y ahora es ella quien descansa sin creer que tanta dicha sea posible.
Me pregunto si se preguntará por nosotros, en qué andamos, qué pasó. Me pregunto si nos echa en falta y me temo que la respuesta es no. Y eso me pone triste. Que nos eche de más, por ser tanto y tan severo el perjuicio causado.
Me gustaría creer que podremos aprender de esto y que saldremos con una conciencia renovada, más verde y respetuosa con el entorno. Me gustaría… Me cuesta creerlo… Confío poco en la ceguera de la mayoría de los humanos.
Si no podemos ver más allá de nuestros finitos ombligos tal vez sea la confirmación expresa de que sí, somos prescindibles, y ya se encargará la Tierra de explotar, de reventar, de glaciarnos o derretirnos. De extinguirnos y que solo queden algunos de nuestros huesos esparcidos, los restos de nuestros grandiosos rascacielos venidos abajo, toda nuestra contaminación y desechos pulverizados…
Prescindible todo lo nuestro. A pesar de nuestro enorme potencial creativo. Porque el impulso destructivo es igual de poderoso.
Prescindibles somos. Y en polvo nos convertiremos. Algún día. Tal vez más pronto que tarde. Lo que sea necesario para que la vida continúe. Porque la vida está por encima de todos. Por encima de nosotros. Afortunadamente.

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