Estoy sintiendo tremendo fuego interno estos días. Es una fuerza potente que tiene que ver con la ira y con el miedo y con mi instinto de supervivencia. La conozco. Conecté con ella tras la primera muerte y después en cada duelo.
Esto que estoy sintiendo es instintivo y primal, mamífero, antiguo. Es pura tierra y puro fuego. Fuerza bruta.
Siento que me han quemado, violado, asfixiado, maltratado, vejado, torturado, castigado y amordazado muchas veces, en muchas vidas, y esa fuerza primaria me grita que ya está bien, que se acabó ya el soportar abusos, que ahora nadie viene a herirme ni a matarme, que puedo expresarme.
Me dice que soy responsable y respetuosa y que a la vez puedo ser también crítica y curiosa. Me dice que soy tierna y amorosa a la vez que cuestiono, me informo y no me conformo. Me dice que confíe en lo que mi olfato me dicta y desconfíe de lo que me huele a podrido. Que sienta todo lo que estoy sintiendo y que me exprese, a pesar del miedo a que me ataquen, critiquen, desprecien, excluyan…
Me dice que yo ya he sobrevivido a todo eso y que lo volveré a hacer. Mil veces más. Las que haga falta. Que todo eso que veo y siento convive en mí, existe, es válido, y merece su espacio, aunque sea anti-popular, aunque me tomen por loca, aunque me tachen de rebelde, de inoportuna, de excesiva, de poco solidaria, de fantasiosa. Nada de eso es verdad para mí. Puede serlo para el otro, y está bien así. Opina diferente, lo ve desde otro lugar. No viene a herirme ni a macharcarme. Se está expresando también. Lo suyo también es válido. Y se duele. Le duele. Y tiene miedo. Y está enfadado. Y lo expresa como puede y habla de lo que siente. Igual que yo.
Miro a esta fuerza interna mía y siento que me mantiene bien atenta, alerta, presente, y viva. Es movilizadora. Activa. Dinámica. Potente. No me deja en la parálisis, no me bloquea. Me pone en movimiento y me carga de potencia. Podría destrozar universos y crearlos de nuevo. Podría dar muerte y dar vida. Podría hacerlo todo. Y sobrevivir después.
No tengo miedo del virus ni me asusta el aislamiento. No le temo tampoco a la muerte, ni a la mía ni a la de mis seres queridos; si llegase sé que es porque llegó también nuestro momento, conscientes o no de ello, y sé también que vendrá el dolor y el duelo, y que podremos atravesarlo. Sí me angustia el no tener recursos, y aún así confío en que juntos podremos, que con ayuda podremos, que apoyándonos los unos en los otros llegaremos, que la Vida también acompaña y sostiene y provee y está al mando.
Tengo miedo de lo inhumanos que podemos volvernos los humanos cuando tenemos miedo. De los vecinos que acusan y denuncian a otros vecinos, de la desconfianza entre iguales, de mirar al otro como a un extraño en lugar de verlo como a un igual, de la represión, del autoritarismo, de la falta de libertad, de la vulneración de derechos, de la manipulación, de la mentira, del borreguismo, de la falta de pensamiento crítico y de discernimiento…
Lo escribo y el corazón me galopa en el pecho. Siento a mi valkiria en plena lucha, a mi vikinga blandiendo su espada, a mi bruja recitando sortilegios, a mi mujer salvaje sacando las uñas y enseñando los dientes.
Todas ellas son una sola. Una guerrera en mí que está encontrando la manera de salir. Una mujer valiente y sabia, fuerte y capaz, libre y poderosa que no tiene miedo a vivir y que habla de revolución, de resistencia, de disidencia, de compromiso, de defender lo que es, de plantar cara, de exponerse…
Y también de cuidarse. De cuidarme. De mirar bien cómo, dónde y con quién. De evitarme golpes innecesarios. De ser cuidadosa con el otro. Moderándome. Calmándome.
Esto no es una guerra. Yo no estoy en guerra. Yo soy esta fueza y también soy calma. Y tengo espacio para ambas porque las dos están en su casa.

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