Hay capas y capas de coraza en este cuerpo mío que yo habito. Una armadura sólida y bien ensamblada sin apenas grietas.
Me llevó años generarme esta estructura, diseñarla, verla más o menos clara, construirla poco a poco, ponerla a prueba, engrasarla, sacarle brillo, pulirle las aristas, perfeccionarla…
Tanto trabajo y tan intenso noche y día que acabé por identificarme con ella. Yo soy mi armadura. Soy eso que he construído con los años. Una estructura férrea y severa que carece de apertura, ajena a la flexibilidad y a la que le falta aire.
Ahora me voy dando cuenta que yo no soy esa coraza que me he generado. Es parte de mí y me ha servido bien, protegiéndome de golpes, de caídas y destrozos. Y también me privó de oxígeno, de espacio, de confianza, me generó miedo, me secuestró las alas…
A golpe de cincel estoy sacándome las piezas, abriéndole brechas y fisuras a este andamio que me ha sostenido. Ya no preciso de tanto soporte. Y con cada parte desprendida intuyo un latido, un destello, una voz cristalina que canta suave y segura dentro, muy dentro.
Es la voz de mi alma, de mi Ser, de mi esencia. Delicada, suave, serena, generosa, firme, incansable, paciente, comprensiva, limpia, transparente, amorosa, mullida, vaporosa, perenne…
Me callo para escucharla.

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