De vuelta como estoy en la gran ciudad, solo de visita, camino por las aceras, recorro los parques, atravieso angustiada los carriles de asfalto, los túneles, las avenidas…
Miro a la gente y a mí nadie me mira. Soy invisible. No me ven. Porque solo soy una más entre tantas personas… Tantas… Millones. Todas somos extrañas para el otro.
Los que viven aquí recorren las calles con prisa, certeros, se suben al tren que les corresponde sin dudar, sin mirar siquiera, como si los guiase una inercia interna e inconsciente de tan sabida. La ruta está integrada, el tiempo medido. El objetivo claro. A por ello.
Los turistas se mueven más despacio, inseguros, sorprendidos a veces, perdidos otras. Se paran, giran sobre sí, miran un mapa, el nombre de una calle, hablan entre sí. Prosiguen. No hay apuro. No hay prisa, sino tiempo. Ganas de conocer, de descubrir, de sorprenderse.
Yo fui una vez turista aquí, luego me convertí en habitante temporal de la gran urbe y en ningún momento de mis meses de estancia logré sentir que pertenecía, que la ciudad y sus gentes me acogían. Me sentía rechazada, escupida, vomitada, abortada. Ajena al laberinto de ramales y plazas. Extraña y extranjera en mi propio país. Gitana.
Marcharme fue un alivio. Volver ahora me conecta de nuevo con la angustia del ruido, la exigencia, la prisa, la suciedad, la delincuencia, el abuso, la soledad, la deshumanización, la oscuridad,…
La gran ciudad no es lugar para mí. No es mi sitio. Me quedo donde me siento en paz, luminosa y serena. Dame campo, mar, montaña, arena en la orilla, espacios abiertos, ventanas amplias y abiertas de par en par, árboles en las entradas, aire limpio, tiempo de reposo, silencio, cielo azul, viento que arrastra hojas y flores, no papeles y colillas…
Qué suerte poder elegir. Qué suerte saber dónde quiero vivir. Qué suerte ser feliz en el lugar en el que se vive. Y qué grandeza poder sobrevivir cuando no es así.

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