A veces mis demonios más oscuros aparecen en forma de inquietantes y tangibles pesadillas que me dejan alterada incluso en estado de vigilia. La realidad del sueño es tan concreta y detallada, tan vívida e intensa que aún pasado un tiempo tras despertarme, sigo tomada por la angustia, el miedo e incluso el temblor físico.
Sueños de persecución en los que mi vida corre peligro, lugares derruídos que se erigen también como antagonistas pues no encuentro dónde ponerme a salvo; ningún espacio es seguro.
Una mujer mayor desdentada que ha perdido el juicio, disparando un arma en todas direcciones sin importarle dónde impacten las balas. Veo la locura en su mirada ausente, en su rostro desencajado, en sus movimientos aleatorios y desprogramados. Algunos nos ponemos a refugio, otros huyen mientras los últimos permanecen petrificados sin dar crédito a lo que sucede.
Es de verdad inaudito, tanto caos y destrucción, tanta locura allá a donde mire.
Los jóvenes salen al atardecer en pandillas extensas para drogarse y emborracharse sin medida; bailan, gritan, se empujan entre ellos, se insultan, para luego reírse a carcajadas; tienen sexo a la vista del colectivo sin pudor ni cuidado alguno, sin aprecio por la intimidad del encuentro, en mitad de jardines ahora destrozados y yermos, en las que fueron piscinas rebosantes de frescor y que ahora se muestran como hoyos vacíos y desvencejados. Se me antojan como fosas comunes plagadas de seres que, aunque se mueven y hacen ruido, están muertos porque han perdido la conciencia y el alma.
Gentes de todas las razas y colores me ofrecen productos para comprar a medida que avanzo por las calles y hay tres precios disponibles, dependiendo del estatus social que pueda demostrar, dado por la ‘autoridad’ uniformada y oficialista, que a las claras bebe y se nutre de la corrupción y la falta de humanidad. Yo no puedo acceder a ese estado porque soy una paria, una disidente que sobrevive con las migajas que puede ir encontrando.
Solo necesito que ése a quien me acerco no me delate y un lugar donde poder descansar un instante, beber un sorbo de agua sin contaminar; necesito ropa limpia porque estoy manchada de sangre. No me han herido, no, es mi menstruación que fluye libre. Busco un espacio entre los arbustos secos para tumbarme y en cuclillas entregarle mi sangre a la Madre Tierra, pidiéndole fuerza y lucidez para sobrevivir un día más.
Desde mi escondite veo pasar a una mujer de mediana edad que conduce a un grupo de militares por la acera cercana. Vocea ruidosa y les habla de otra mujer que soy yo misma, una que va por los campos buscando raíces para comer y que se comunica con los caballos, los besa y abraza. Una loca de atar sin duda, tienen que encontrarla y detenerla, les dice. Pero ellos no están interesados en eso ahora, buscan hallar algo más jugoso que otra loca procurando ponerse a salvo.
No sé qué va a mostrarles pero sí que tengo un instante más de respiro. Después de reposar un rato mi espalda en la tierra me sacudo las hojas secas de la ropa y me incorporo sin ser vista al ritmo frenético de las calles. Ya se ha hecho de noche y así las manchas de sangre seca en mi vestido no se muestran tan obvias.
Cada vez somo menos las mujeres menstruantes. Las que quedamos nos hacemos mayores ya. La mayoría de las jóvenes han perdido su capacidad de ser fértiles, despojadas de su femineidad más natural, comidas por narcóticos insalubres y pasatiempos tóxicos. El poder de la mujer está en peligro de extinción y con él la vida de la humanidad. Es preciso recuperar la chispa creativa del femenino universal para rescatarnos de esta realidad apocalíptica y desesperanzada.
Hay momentos, breves, en los que siento que quiero morir yo también, que sobrevivir así es un sinsentido. Las más de las veces sé que mi vida es una luz más de tantas que parpadean en la oscuridad para crear un camino que, aunque oculto casi y menos transitado, conduce al paraíso de la concordia. Tengo que mantenerme viva, voy a mantenerme con vida. Lo seguiré haciendo como pueda, cada minuto. Cada instante cuenta y es un instante ganado hacia ese sendero de luz y serenidad. Anhelo volver a ese hogar y que ese hogar vuelva a inundarlo todo. Si para ello es preciso que todo este decorado decadente se venga abajo, que así sea. Que continúen la muerte y la destrucción, la locura y el vicio campando por las calles y vampirizando el alma de los seres humanos, desconectados del amor y la conciencia que son. Que suceda lo que sea preciso para que los que sobrevivan a esta oleada interminable de horror tengan la oportunidad de reconstruirse.
Ojalá yo pueda seguir entre ellos…
No sé si lo lograré. Estoy agotada. Tengo sed. El hambre ya hace días que pasó a un segundo plano. No puedo seguir sola. No hay nadie confiable. Encuentro a mi marido pero ya no es él. También ha entregado su alma y grita pidiéndome unas píldoras que yo no tengo. Parece irle la vida en ello, las necesita o se muere. Y me temo que va a morir. Ya no hay esperanza para él.
Encuentro un baño con agua corriente donde asearme y algo de ropa limpia. Sentir el agua en contacto con mi piel es la vivencia más dichosa que he tenido en mucho tiempo. Apenas si puedo disfrutarla cuando escucho un ruido. Me seco rápidamente y la puerta se abre despacio. Aparece mi tía con la misma edad que tenía cuando yo nací. Joven, fresca, preciosa, vital, con el brillo en los ojos de un ser humano vibrante. ¡Está bien, está a salvo, yo también, aún hay esperanza! Nos abrazamos con inmensa alegría aunque sólo sea un instante que sin embargo se extiende una eternidad. Me dice cómo puedo escapar y ella vuelve a su papel.
Me doy cuenta que aún no tuvo a sus hijos y que está sana y fértil. Mi tío también. Seguirán juntos y tendrán tres hijos bendecidos con salud, corazón humano e inteligencia. Ellos crecerán siendo amados y tendrán también hijos algún día. Puedo seguir confiando en la continuidad de la vida a través de ellos y por eso seguir aquí a pesar de la soledad, el miedo y las carencias. La existencia de los que vivimos escondiéndonos, huyendo o aparentando no saber, trabajando desde la retaguardia de diferentes maneras para mantener la conexión de nuestras almas con la Fuente, tiene sentido pleno.
El maullido de mi gato pidiendo el desayuno me despierta a la hora habitual y me saca del mal sueño. Está amaneciendo y mi corazón encogido late con rapidez por la angustia. Me siento para ver al Sol elevarse sobre el horizonte y hasta el cielo, cubriéndome de luz dorada y de calidez. Está todo bien, pase lo que pase. Mi vida tiene sentido pleno. Estoy en mi camino. Solo tengo que continuarlo. Sobre la marcha seguiré encontrando direcciones y respuestas. No hay prisa. Hay esperanza, confianza y tiempo.

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