Ser mujer

Dic 8, 2022

Veo la televisión y observo a esas mujeres que ocupan la pantalla de los noticiarios. La mayoría no me representa, no me siento representada por ellas en absoluto, y especialmente me refiero a aquellas que en lo práctico de hecho ejercen como mis representantes, eslabones de ese supuesto engranaje democrático al que accedemos a participar porque nos han dicho que es lo mejor, y yo me lo había creído. Ahora veo que solo es un un juego, un entretenimiento burdo que nos mantiene alejadas de lo realmente importante, lo que se mueve en lo profundo y que no vemos.

No puedo evitar fijarme especialmente en las mujeres, ahora además que se van visibilizando más en lo público y que esta mujer interna mía también va reclamando espacios suyos que le había negado. Ellas parecen ser mis iguales, en principio. Más llamativas de entrada, entre la cansina monotonía de hombres grises, plomizos y carentes de luz y carisma que se debaten el escenario. Ponen el toque de color, se diferencian con su indumentaria, su aspecto físico. A veces se sueltan el pelo, otras lo llevan recogido, se tiñen los labios de color cereza. Se entretienen en juegos de poder y en disputas estériles, vacías de alma. Han copiado el modelo masculino más burdo, más desconectado del ser y juegan a que pueden, a que son fuertes, a mandar, a decidir, a sentirse importantes.

Apago la pantalla asqueada, intoxicada con tanta falsedad, dolorida, enfadada incluso, y miro a mi alrededor, cerca de mí. Respiro aliviada porque veo que estoy rodeada de mujeres alucinantes.

Las hay que tejen trenzados tras haber tintado sus materiales con cúrcuma, con canela, que reciclan prendas para crear otras nuevas y les parece que eso carece de mérito alguno, que puede hacerlo cualquiera. Crean pensando en un otro y les regalan ese objeto primorosamente parido, como un amuleto de poder, un anclaje que habla de amor y de confianza en lo comunitario.

Otras danzan con suave elegancia, enseñan con pulcritud, diseñan con esmero en un pequeño bastidor mandalas con un sinfín de cuentas de colores que son representaciones completas del universo. Respiran, meditan, viajan hacia adentro y sanarse a diario es el trabajo más importante que vienen a hacer.

Hay mujeres maternantes que cuidan a un otro; atienden, miman, nutren a niños, adultos, ancianos, animales, plantas, proyectos; sus criaturas todas, y ponen esmero y calor en acompañarlas y amarlas, para que progresen en su camino, crezcan fuertes y saludables, se desarrollen y alcancen su destino.

Mujeres que hacen magia en los fogones, maestras de la alquimia que se gesta con el alimento. Prodigiosas en su talento para equilibrar lo que nutre, artistas del sabor, del color, del aroma, funambulistas de la improvisación y de ese talento especial de quien crea con lo que aquí y ahora hay, generando una obra efímera que nos mantiene con vida un día más.

Miro a las que salen al mundo a trabajar y hacen de enfermera, de terapeuta, de maestra, llevando su luz de amor afuera, compartiéndola con otros que la tienen más apagada y que precisan de un apoyo. Ellas ejercen su función de bastón temporal, comparten su saber, escuchan, alientan, y ése a quien acompañan recupera su fuerza, se crece y retorna a su espacio sin bastón de apoyo ya, reforzado desde los cimientos.

Muchas desempeñan su labor despachando, al volante, manteniendo nuestros espacios limpios, litigando por el bien de otros, sanándolos o procurándolo al menos, y todas vuelven a casa cansadas y listas para completar otra jornada en el hogar, dedicadas a los suyos, y con suerte a lo suyo un poquito también, si les queda algo de espacio, de energía, si barajaron el tiempo con astucia o lo estiraron lo suficiente o hicieron los malabares necesarios.

Algunas, muy pocas, tienen la tremenda osadía de entregarse a la vida contemplativa. Se acuestan y se levantan muy temprano para meditar sobre sí, parar mirar adentro y perderse en los laberintos del alma. Se enfrentan a pecho descubierto a los demonios del mundo, y aún con sus dificultades, atraviesan las barricadas del miedo, la duda, la lucha interna e incluso la muerte, irradiando desde ahí una veracidad y una luz que impactan sobre todos nosotros. Aunque no las conozcamos ni ellas nos vean a nosotros jamás, velan por nuestro bienestar y su camino interior ilumina el nuestro.

Se encuentran siempre con obstáculos: violencia, abuso, carencia, escasez, incomprensión, ignorancia, enfermedades mortales, soledad, dolor, pérdida de la visión, desesperanza, represión, falta de libertad, de ilusión… Y uno tras otro los van atravesando con su fuerza interior y sus objetos de poder, irradiando protección como escudos y estandartes. No tienen que emular a los hombres para ser. Ya no hace falta hacerlo como lo hacen ellos. Desprovistos como están la mayoría del contacto con su femenino sagrado, ¿qué ejemplo podrían darnos? Es su labor rescatarlo como la nuestra radica en recuperar a nuestro masculino sano y dejarlo ser.

Quiero ver a mujeres florecientes en las pantallas, por las calles, al volante. Quiero sentir que me reconozco en ellas, que me representan y que lideramos juntas un movimiento de expansión de dimensiones descomunales, capaz de cambiar el mundo, convirtiéndolo en un hogar donde reina la paz, el respeto, la belleza, el amor, la compasión. Quiero verlas y sentirlas por todas partes. Quiero ser una de ellas.

No lo vamos a lograr desplegando comportamientos rufianescos, competitivos, burdos, falsos, mentirosos, interesados y superficiales. Sólo lo conseguiremos desde la verdad y la transparencia profundas, con firmeza y poder, abrazadas como hermanas, pues eso es lo que somos. Hermanas. Incluso las que no me representan lo son. Por eso ya no les bailo el agua, ahora que sé cuál es el son que siguen y que conozco el de nuestra Gran Madre eterna. Ahora la bailo a Ella y me bailo a través de su latido, pidiéndole cada día que me conceda la fuerza para ser una digna hija suya, que pueda yo desplegar los dones y talentos que a su imagen y semejanza me ha concedido, dándole mucho las gracias por tantas bendiciones y por su infinita gerenosidad.

Ser mujer es una tarea enorme. Ser mujer es la tarea más importante. Más que ejercer un cargo, que parir hijos, que generar dinero, que tener amantes y alcanzar el placer en cada encuentro.

Ser mujer es el trabajo, el camino y la estación final.

Atrevámonos a ser la mujer que estamos llamadas a ser.

(Imagen de Álvaro Parada, en El Jardín de Francisco Villalobos).

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