La voz que me habla desde las profundidades de mi abismo me ha dicho alto y claro que me desprenda de todo esto accesorio que llevo a cuestas. Que yo no soy nada de eso que creo ser.
Que suelte la identificación con cualquier etiqueta que me envuelva en la falsa ilusión de definirme. Ni edad, ni trabajo, ni rol familiar, ni estado civil, ni orientación sexual, ni signo político, ni titulación oficial. Que no me engañe. Yo no soy eso.
Dice que abandone la importancia personal, que me despoje de esa falacia absurda y tramposa. Solo entorpece, limita genera un lastre costoso e imposible de mantener, y yo no soy nada de eso.
Me ha dicho contundente que deje atrás el drama y también la euforia. Que mantenga la tristeza y el gozo y me entregue a cada una cuando sea el momento. Que aquello otro no soy yo.
Que me libere de exhibicionismos vanales y renuncie a la represión. Que practique una actitud honesta de poner al servicio y desplegar lo que me ha sido concedido, sin buscar mirada, reconocimiento ni aprobación. Que me deje de juegos. Eso no es yo.
Dice que me desprenda de la historia personal. Lo que viví, lo que me pasó, lo que sobró y lo que faltó, dolores, amores, desencanto, éxitos, fracasos… Sí, sucedió, y es mentira todo cuando me identifico con ello. Yo no soy eso.
Dice que el ser genuino no precisa trabajar ni andar afanado en el hacer, ni esforzarse tanto, ni demostrar nada. Simplemente sale a la luz y se muestra tal cual es, desnudo, descarnado incluso, vulnerable. Que ése es el camino.
Que me dedique a todo esto y entonces puede que, sin proponérmelo, comience a aflojarse mi estructura, a tambalearse el andamiaje de mi férreo carácter, a disolverse el ego así, a pinceladas, por arte de conciencia. Lo aprendido que me es ajeno y que me tragué sin saberlo, la programación recibida, lo que se me quedó adherido y que limita mi movimiento auténtico. Es el momento de deshacerme de ello.
Porque ahí, debajo de todas esas intrincadas capas de pastosa superficie, comienzo ya a intuir el perfil de ese yo que en verdad soy, ansioso como está por ver la luz.
Es hermosa la propuesta y también dura, demoledora a veces; verme inmersa en un vacío desconocido y oscuro me ha aterrado; sentirme sola allí, sin asidero, rodeada de angustia, sin poder moverme, sin conocer la salida, permaneciendo…
Y también es cierto que en cada ocasión he salido a flote, he podido atravesar la espesa negrura, el pánico, la soledad más densa para encontrarme después con la hermandad, el acompañamiento maduro y el descanso.
Así que confío. Confío en esa voz abismal y le digo que sigo adelante, que estoy comprometida con el camino y con el trabajo que supone descubrirme, descubrir quién es yo, aunque me agarre el miedo fuerte a veces y parezca que me escondo. Que cuente conmigo. Que en esta vida voy a ir a por todas.

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