Me gusta cuando me dices cosas bonitas, cuando me pones en valor y lo expresas, pero ni busco vivir de halagos ni quiero que me vendas nada que no es cierto o que no está disponible en realidad. Una cosa es decir lo hermoso que vemos en el otro, lo que nos encanta y admiramos y otra bien distinta entrar en estrategias más o menos ciegas de seducción y falseamiento.
La primera vía es atributo de una autenticidad asentada, aliada de la verdad que se ancla y nace del corazón. La otra pertenece al arsenal de recursos que despliega un ego neurótico buscando ganar terreno, conquistar, afianzarse.
Es considerable el espacio que le concedemos a nuestros respectivos personajes, el tiempo que empleamos en construirlos, agasajarlos y fortalecerlos. Sin duda vamos a morirnos con ellos a cuestas y es preciso alimentarlos. Lo contrario sería matar de inanición a una de nuestras partes. Y como diría mi abuela, ¿qué dedo me corto que no me duela? Maltratar al ego neurótico también nos hiere. Mejor sería poder verlo, reconocer sus modos y mantenerlo a raya, dándole lo justo y necesario. Nada más.
Siguiendo mi hilo, prefiero la verdad desnuda, el brillo natural. Tal vez sea menos llamativo y extravagante. El impostado tiene su encanto, no puedo negarlo, pero me parece que debe ser obvio que es impostado. Es como disfrazarme de algo que no soy, un artificio divertido, hermoso. Me pongo un traje de pirata, de enfermera, de pistolero: voy de ese personaje para la ocasión pero no lo soy. Si en lugar de ir disfrazada me hago pasar por eso de lo que me disfrazo, estoy ejerciendo como impostora, por lo que puedo confundir, engañar y hacer daño o molestar. Y de paso, iré creyéndome yo misma mi propia mentira, construyendo un alguien paralelo con quien me iré identificando pero que no soy yo.
¿Cuánto le dedicamos en cambio a la atención y cuidado de nuestras partes más genuinas? ¿Cómo de presente tenemos el ser naturales, espontáneas, honestas y claras en nuestras interacciones y vínculos? ¿Con quién nos compartimos abiertamente, mostrándonos vulnerables y permitiéndonos ser tal y como somos? ¿Expresamos nuestra verdad en qué foros? ¿Quién conoce nuestros miedos y anhelos más profundos? ¿Dónde y con quién nos damos permiso para caer?
El personaje a menudo parece que viste más que nuestro Ser. Es más vistoso. Aunque sea un farsante. O justo porque lo es.
Lo gracioso es que eso que despliego como cualidad egoica tiene un reverso de verdad. Por ejemplo, si mi carácter es seductor y agasaja o halaga para conseguir y brillar, mi Ser tendrá la capacidad de ver lo bello en el otro y nombrarlo sin pudor y con alegría cuando lo percibe, apreciándolo y poniéndolo en valor. Sin embargo son dos movimientos bien distintos. Uno nace de la necesidad de obtener. El otro del corazón.
Vivir desde esa necesidad neurótica se me está volviendo duro, molesto, doloroso, indigesto. Vivir en el corazón es habitar un paraíso de paz y serenidad, de emoción sincera, de luz clara que lo pone todo a la vista sin deslumbrar.
A estas alturas de mi vida me pesa sostener mi personaje, ir de algo que ahora ya puedo ver que no soy, aunque me haya familiarizado con sus maneras, aunque resulte útil y atractivo afuera. A pesar de todos los beneficios que me granjea, vivir haciendo como que soy eso ya no me funciona tan bien como antes, cuando creía que ésa era yo. Es costoso, cansado y además no me apetece. Prefiero buscarle el reverso. Lo mismo me pasa contigo.
Justo porque estoy haciendo este camino, porque yo misma me descubro en este proceso con mis trampas y disfraces, puedo intuir también cuando tú estás jugándote en algo parecido. No te enjuicio. A mí tampoco. Lo hacemos como podemos, como hemos aprendido. Simplemente digo que lo veo.
Entre bambalinas, en ese espacio que no es el escenario pero que está a un paso, donde se manejan los entresijos de nuestro particular teatro, puedo ver cómo me muestras lo que no eres, cómo procuras embaucarme. A veces me resulta curioso, divertido incluso. Otras me molesta, y hay momentos en los que me duele. Es entonces cuando necesito retirarme. No quiero estar ahí ni tampoco en escena. Estoy sentada en el patio de butacas atendiendo desde fuera y con ganas de salir al exterior, de estar en el mundo real. En la verdad y la luz natural.
Para estar en la vida de una manera más desapegada del personaje descubro varias claves: poner el foco en la presencia, que pasa por estar, y por estar además disponible; cultivar la calidad en el cuidado que ofrezco, a mí misma primero; atender y practicar una comunicación constante, clara, bidireccional y sostenida; escuchar a esa voz interna que habla poco y bajito pero que acierta siempre; sintonizar con mi corazón.
Todo eso veo que me lleva a tener una existencia más genuina, a sentirme más auténtica. Parte del atrezzo se viene abajo, hay personajes de mi entorno de quienes me alejo o que se apartan de mí, planes que se cierran, cosas que ya no necesito. Me cuesta menos o nada decirles adiós.
Me siento más libre, más liviana y una sensación de dicha serena permanece anclada en mi interior. Percibo ahora una llama que me habita, a veces reluciente, otras pequeña y discreta, y que no se apaga nunca. Así que voy a atenderla y cuidarla como el preciado tesoro que es.

Reconozco esa foto, bonita, la luz y la sombra,….. verdad y luz natural…autenticidad q esa si q nos hace estar y ser
Precioso ❤️
Ahí estábamos juntas y ahí vamos, hermana. Entre la luz y la sombra, tejiéndonos. Te abrazo