Tópicos vitales

Jul 12, 2026

No sé para qué tanto empeño en el protocolo facial, mañana y tarde. Todos esos productos que prometen frenar el envejecimiento y mantener cierta frescura en la piel. Si al final voy a morirme, como todas, como todo.

Voy a hacerme mayor. Ya estoy en ello. Desde el día en que nacemos empezamos el descuento. Cuando somos pequeñas, durante la niñez y la adolescencia muchas ansiamos crecer, más rápido, hacernos mayores ya, parecer mayores de lo que somos, y cuando llegamos luego a la adultez resulta que anhelamos que el tiempo pare y volver atrás, si eso fuese posible…

Me sorprende lo rápido que parece haber pasado. Cierro los ojos y puedo verme en el columpio que mi abuelo hizo bajo la parra, asustada en mi primer día de colegio, dibujando o escribiendo en mi habitación, saltando a la comba en calle, cogiendo olas con mi hermano, de la mano con aquel compañero de clase, durmiendo juntas el grupo de amigas en el ático de una de ellas, de paquete en aquella Vespa negra abrazada al cuerpo que conducía, matriculándome en la universidad, pedaleando en mi bici blanca por las calles de mi bella ciudad, bebiendo para poder aflojar el control, acudiendo a recitales y conciertos, yendo sola al cine y al teatro, viajando a Cuba con mis amigas, bailando mucho y en muchos espacios, haciendo el amor extrañada, saliendo de casa de mis padres para volver solo de visita, enamorándome y desencantándome, viviendo en pareja, mirando a la muerte cara a cara, despidiendo a mis abuelos para siempre, casándome, cuidando de dos bebés que no eran míos…

¿Cómo ha sucedido pasar de un evento a otro y verme ahora aquí, 51 años después, de pronto?

He vivido este recorrido con intensidad, lo placentero, que ha sido mucho, y lo doloroso o incómodo, que también ha hecho acto de presencia. Entonces me parecía que tenía entre las manos y por delante todo el tiempo del mundo o que el tiempo se extendía y se estiraba flexible y amplio, casi infinito. Sabía que no era inmortal pero de alguna extraña manera mi vivencia interna era de eternidad.

Ahora que ya he vivido más de la mitad de mi vida pienso que me habría gustado entonces ser más consciente de lo valioso de cada instante, de su sorpresiva fugacidad. Yo que he estudiado literatura, que me empapé del collige virgo rosas y del carpe diem, me parece que no supe apreciar cómo se me escurría la juventud entre los dedos dejando estas marcas que ahora evidencio en mi piel, en mi pelo antes abundante y sedoso, en mis ojos y mi musculatura. ¿Cómo no me di cuenta de que la frescura se apagaba poco a poco?

Sin embargo así ha sido y aquí estamos ahora abrazadas la niña, la adolescente y la joven que fui a esta mujer adulta que soy ahora y que empieza a convertirse en vieja, un tanto asustada, a ratos resistiéndose, las más de las veces entregada y agradecida por este regalo que supone estar viva y existir durante la fracción de espacio que me tengan reservada. Una estrella fugaz recorriendo luminosa la vastedad de este fascinante Universo.

Me miro al espejo y a veces no me reconozco. Es una sensación de extrañeza que también he tenido otras veces, en momentos vitales de cambio profundo. Siento ajena la imagen que reflejo. «Esa no soy yo. Tú no eres yo«, le digo. Yo me percibo diferente, más parecida a mi yo de hace diez o quince años. Tal vez es solo un fogonazo de locura o simple negación. Puede que sea un rayo de lucidez porque este cuerpo es un mero envoltorio y por tanto, pasajero. El regalo está dentro.

Ahora sí atesoro cierta conciencia del inexorable tempus fugit, y sin temerle en especial a la muerte ni procurando evitar mirarla, me paro a menudo en un paréntesis interno para valorar cómo está yendo mi vida, dónde estoy y de qué manera quiero seguir cincelando mi presente. Si soy una bendición o una maldición para mí misma y para quienes tengo cerca. Ahora veo que el futuro no existe, que solo existe una sucesión de instantes, todos aquí, y que es ahí, en cada uno de ellos, donde puedo dejar mi impronta, donde tengo la prodigiosa oportunidad de cocrear mi existencia y contribuir. Veo que también lo hice así antes, aunque no me diese cuenta de la trascendencia que ese acto creativo implicaba.

Estoy aprendiendo la importancia de cuidarme, asumiendo que voy a seguir perdiendo vigor y elasticidad, aceptando que nunca volverá aquella tersura ni mi antigua lozanía, que la belleza también se transforma… A ratos es jodido. Me cuesta aceptar y hasta me duele.

Hay para mí un duelo poderoso en todo este proceso. Porque más allá de los condicionamientos familiares, culturales y sociales, yo me he identificado con la imagen que proyecto, con el envoltorio. Así que voy transitando este duelo en estadíos graduales. Como una constante suave, que se va presentando en pequeñas dosis. De esta manera me facilita su integración y digestión. Sin duda las pociones y las cremas que me aplico tan eficazmente ayudan también a ir haciendo la transición.

Estoy muy en contacto con el memento mori y a menudo me asalta el el ubi sunt. Me pregunto cuánto me queda, si hay algo después de la muerte física, en qué forma quedaron quienes ya atravesaron ese umbral y sobre todo cómo puedo llevar una existencia más plena, si el locus amoenus existe más allá y si es tan hermoso como este que me maravilla aquí, consciente de que el amor post mortem es una realidad definitiva. «Polvo serán, mas polvo enamorado«, así cerraba Quevedo aquel magistral soneto Amor constante, más allá de la muerte. Quevedo, gran intenso…

Quiero atender a mis asuntos, procurar tenerlos en orden, hablar de lo que me da miedo o me preocupa, dejar el trabajo hecho para facilitarle la existencia a quienes me sobrevivan. Que más allá de que se duelan, o no, por mi ausencia física, no les suponga mi muerte un quebradero de cabeza. 

Por lo demás, me iré como pueda. Asustada, en paz, confiada, con dudas, con certezas, agradecida, maravillada, ojalá que mayor y sin dolor, enamorada… Y que Quevedo me reciba al otro lado, por qué no, con toda su sorna y su afilada ironía, que hablemos en verso de lo divino y de humano y nos riamos de todo, de la vida, de la muerte, hasta del amor.

Convertirme en polvo enamorado de estrellas surcando la bóveda celeste y alimentando el manto terrestre.

Todo eso. Y nada más.

1 Comentario

  1. Juanma

    Me ha encantado este escrito, la manera tan natural al escribir como afrontas lo que es la realidad inevitable de la vida cada vez más llena de recuerdos e incertidumbres ante lo desconocido caso de que haya algo más, ojalá lo haya. Felicidades, un placer leerte.

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