Mis lágrimas son perlas, collares enteros de perlas, infinitos, traslúcidos, puros. Encierran la profundidad de un mar, de un océano, del universo, la magnitud del cosmos y el secreto de la vida.
Mis lágrimas vibran al emanar de mis ojos y a veces caen como pesadas cargas mientras que otras se evaporan al instante y desaparecen sin apenas dejar rastro.
Mis lágrimas son medicina. Cuando las permito salir libres, impactan en mi organismo como un bálsamo y todo mi cuerpo se afloja, se ablanda, se relaja y puedo percibir entonces mi suavidad, la vulnerabilidad que me sostiene, mi serena humanidad.
Mis lágrimas me hablan de mi sensibilidad y de mi fortaleza, me confirman que no tengo nada de lo que avergonzarme, que todo lo mío es divino, perfecto, sagrado.
Mis lágrimas tejen redes que tejen caminos que tejen futuros de posibilidades y destinos. Hacen las veces de brújula, de mapa, de antorcha cuando el sendero está oscuro. Son un espacio donde recostarme para descansar, sentir, pensar…
Mis lágrimas son un oasis, un paraíso, un hogar cálido donde no existe la falta, la tara o la carencia.
No entienden mis lágrimas de vergüenza ni de culpa, no se entretienen en pasadizos sin salida ni en terreno yermo. Son semillas de conciencia y momentos de luz que traen paz a mi alma y expansión a mi espíritu.
Mis lágrimas navegan, cabalgan, vuelan, recorren, consumen, aclaran y devoran. Horadan la materia de mi cuerpo dolorido para que crezca y florezca sano y pleno.
Así que ¡dejadme en paz cuando lloro! Que no se interponga nadie entre mis lágrimas y yo misma, que nadie ose tachar a mis lágrimas de algo distinto a todo esto porque esto todo es lo que son.
Las tuyas también.

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