No tiene mérito alguno haber acertado con ésta o aquella intuición, comprobar pasado el tiempo que esa idea que me vino entonces, por loca o absurda que pudiese parecer (incluso a mí misma), hoy se confirma a través de hechos probados. No se trata de demostrar que llevaba razón. Ni soy más inteligente que la mayoría de mis iguales ni tengo poderes extrasensoriales que me separan de ellos. Soy una mujer normal y corriente con cualidades y defectos de lo más mundanos y habituales. Me equivoco a menudo y a menudo también necesito pedir disculpas y reconocer mis errores.
Sucede que a veces me encuentro en un estado de presencia, momentáneo siempre, a través del cual cierto contenido se me desvela en forma de imágenes o de ideas. No tienen un desarrollo y una conclusión sino que se presentan como fogonazos de claridad. Es como estar en un lugar a oscuras por completo que de pronto, con la breve aparición de un relámpago, se ilumina con una nitidez incuestionable, definiendo con precisión lo que hay alrededor y que siempre existió, estuvo ahí todo el tiempo, pero en lo oscuro me resultaba imperceptible, inexistente incluso. Solo la luz hace posible su revelación.
La luz en este caso no es física. Es un estado, una manera de ser y estar. La luz es consciencia, conexión con lo que me rodea y a lo que pertenezco como un elemento más, parte de un todo inmenso en su infinitud. Al hacerse palpable ese vínculo el acceso a la información es consecuencia natural. La Verdad está ahí, disponible siempre, esperando sólo a que cada uno encendamos nuestra luz o generemos la claridad necesaria como para aprehenderla.
Así puedo entender ahora cuando las personas hablan de que canalizan información, que ésta les llega como una inspiración divina, superior, ajena, dictada; dicen sentirse conectadas a la Fuente, entendida como un núcleo vibrante de Verdad y Vida, como si del corazón y el cerebro del Universo se tratase. Igual que para un bebé o cachorro bien querido, su madre supone el comienzo y el fin de todo, el lugar de reposo, de alimento, de aprendizaje, de juego y de sabiduría. La madre lo es todo. La Fuente lo es todo, y todos participamos de ella. Aunque la mayoría lo desconocemos.
Por eso no puedo arrogarme ningún mérito cuando veo claro algo que luego se confirma. Y lo que sí puedo hacer es darle pleno crédito cuando sucede, porque ahora sé que no es mi pequeño yo humano gastándoselas conmigo, queriendo ponerse por encima, buscando visibilidad y mirada. Al contrario, es mi ser más genuino haciéndose un sitio, mostrándome un tramo del camino. Basta de censurarme, de reprimirlo, de pensar que soy rara, que estoy loca, que eso que he visto o sentido no vale.
Es tiempo de creer en mí, en ti, de validar nuestras intuiciones, visiones y olfato. Tiempo de darnos cuenta de que la oscuridad está también repleta de contenido valioso y que adentrarnos en ella y permanecer es la única vía para acceder al manantial de la vida, del aprendizaje, del crecimiento. Apreciar que eso que habita en las sombras es accesible, sí, pero de otras maneras, y que tenemos que estar disponibles y dispuestas, sintonizadas en una frecuencia más sutil y menos densa para poder entrar.
Ahora comprendo que a menudo esa información nos sorprenda en momentos de máxima quietud interna, en sueños, en el duermevela, en unión con las plantas sagradas y ceremonias ancestrales, con ejercicios de respiración o cuando meditamos (seguro habrá más vías que yo aún desconozco). Lugares todos espacio-temporales en los que los límites de ese espacio-tiempo se difuminan hasta desaparecer, la mente pensante y el férreo control que ejerce sobre nosotros se relaja y nuestro cuerpo se suelta volviéndose ligero, liviano, libre. Son estados expansivos de consciencia o estados de consciencia expandida donde una nueva realidad, que no es nueva sino antigua y eterna, se pone por delante presentando todas sus posibilidades.
La Verdad, la Fuente, como la madre amorosa y entregada al cuidado de su cría, está siempre ahí, presente. Soy yo la que, cual cachorro, me distraigo afuera y me asusto cuando me acerco a lo oscuro. La Verdad me llama, nos llama a todos, invitándonos a regresar al hogar siempre que queramos. La puerta permanece siempre abierta. De hecho, no hay puerta. Sólo un umbral diáfano. Esperando a ser cruzado.

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