Desde que te fuiste parece haberse parado el tiempo, parece que hace una eternidad que te marchaste y apenas si fue anteayer.
Estoy feliz de poder descansar toda la noche y me levanto por las mañanas pesada, con la espalda resentida y con una amarga sensación de tristeza.
Ahora hay más espacio en casa, después de retirar todo lo tuyo y todo lo que tú usabas se ha generado un vacío extraño y silencioso en armarios, rincones y dentro de mí.
Voy con menos prisa, menos acelerada, parece que tengo más tiempo y al final acabo con las mismas tareas pendientes de siempre. Arrastradas. Arrastrada yo.
Siento alivio por haber soltado una responsabilidad tan enorme y cuando no lo pienso mucho me pregunto qué carajo hemos hecho dejándote ir.
Es un regalo saberte en un lugar amoroso, cuidado, mirado, bien querido, y una voz interna me dice que es aquí donde perteneces, que éste es tu sitio y no aquel otro en el que estás.
Y así ando todo el día, peleada conmigo misma, cuestionándome, rebatiéndome, diciéndome que no soy coherente, que carezco de sentido lógico, que mi racionalidad está al borde de un precipicio y a un paso de perder el equilibrio. Que a lo mejor me estoy volviendo loca…
¿O estoy volviéndome cuerda?

0 comentarios