Sumergirme en el subsuelo y desde ahí atravesar la oscuridad de mi cuerpo acompañada de mi respiración natural que entra y sale, como entran y salen los cuerpos de mis iguales, danzantes en este espacio que es mi espacio, que es la sala, que es el mundo, que es el universo entero.
Y renacer como un árbol, como un pez, un pájaro, un tigre, una mariposa… Con un camino común a veces, pausando sola, parando juntos, siguiendo mi impulso atenta a todo lo que me rodea; sigo a alguien, invito a alguien a que me siga, emulo el movimiento de la persona más lejana a mí, le doy cuerpo a mis problemas y a mis monstruos, les pregunto qué necesitan y los alimento, para sentir un dolor o una incomodidad y aumentar su intensidad, subirle el volumen y ver qué pasa, qué me pasa, qué le pasa al otro.
Perderme en la poesía de las imágenes, todas posibles («dos peces enamorados en mi vientre, una sonrisa detrás de mis ojos, una mujer japonesa de 103 años pisando pétalos de cerezo…», la voz de Jonathan y su abundante imaginación sosteniéndonos todo el tiempo) y volver al cuerpo para disolver estructuras, resquebrajar mi coraza…
Enredarme, descomponerme, deshacerme, cuestionar lo que es bello y mirar de nuevo lo que llamo feo. Dónde está la belleza y dónde vive la fealdad. Qué es estético a mis ojos y a los ojos del mundo. Qué es hermoso ahí fuera, porque aquí dentro todo me resulta grandioso: los cuerpos retorcidos, contraídos, en extensión, las muecas, el pelo revuelto, sudor, saliva, lágrimas, temblor…
Tal vez parece mucho y sin embargo sé que me quedo corta. Tanto ha sido lo que me ha sucedido en estos cuatro días de danza compartida.
Gracias Alicia Vico Fernández por traernos a Jonathan Martineau. Gracias Jonathan por invitarnos a mirar tan lejos y tan profundo.
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