Quédate ahí, en casa. Tú sola.
Quítate el reloj y mételo en un cajón.
Suelta el lápiz de labios, el esmalte de uñas, las cremas y las lociones.
Guarda los collares, los pendientes, las pulseras en sus cofrecitos de perlas.
No te depiles. Déjate crecer la vida. En las piernas, en las axilas, en el pubis.
Abandona el desodorante. Descubre tu propio olor, estáte a solas con él, en contacto.
Déjate brillar las canas. Cepíllate el pelo cada mañana, cada noche. Hazte una trenza para dormir.
Mírate al espejo por la mañana y otra vez antes de acostarte. Mírate así, sin atrezzo, y dime que no eres bella, que no te ves preciosa. Dímelo, y no te creeré.
Dime que la piel de tu florido cuerpo no es seda y que tus ojos no encierran universos enteros.
Dime que las arrugas de tu rostro, de tu cuello, de tu escote no hablan de vida cabalgada y de emociones.
Dime que los lunares, las pecas y las manchas no marcan los confines de tu mapa del tesoro.
Dime que en tus gestos no hay verdad ni hermosura, que falta ritmo o musicalidad en tus movimientos.
Dime que no te sientes libre ni cómoda ni descansada, que te falta algo o que te sobra todo.
Dime algo de eso y no te creeré. No. Porque tú y yo sabemos que puedes ser todo eso y que eres mucho más. Que eres sin nada de eso.
Tú ya eres.
Y sigue pelándote capas, y dime lo que encuentras entonces. Atesóralo después, cuando salgas y vuelvas a colocarte el reloj, a pintarte los labios, cuando te depiles y recuperes el desodorante… Ten tu tesoro presente.
Tente presente, tesoro.

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