La otra noche me acosté cansada, después de un par de días intensos. Cansada y tranquila me fui entregando al peso de mi cuerpo en el colchón, apagando una a una las estancias de esta mente mía que suele llegar a la cama galopando.
Cuando cuerpo y mente se van apaciguando me sucede que, de manera inconexa y descontrolada, comienzan a asaltarme imágenes extrañas, a menudo irracionales: una escafandra de buzo llena de flores a la vera de un camino; un disfraz de monje en el pupitre de un colegio; las orejas de una mujer rubia que se derriten alargándose hasta que tocan el sueño; cejas que crecen hasta convertirse en plumas de pavo real…
Cuando aparecen sé que el sueño se está apoderando de mí por fin, y una parte de mi mente le da la bienvenida entregándose.
Justo en ese momento de entrega, la otra noche, escuché una voz femenina, nítida y serena, que me llamaba por mi nombre. Me sorprendió tanto como me interesó, así que algo en mi cabeza se desperezó para atenderla. Entonces otra parte mía tiró más fuerte y se entregó al sueño, mientras que la parte despierta buscaba a esa voz entre los recovecos de mis enmarañadas neuronas. Sin éxito, se entregó al sueño, y fue entonces cuando muy queda, muy suave y luminosa, esa voz me llamó de nuevo, una vez solo, y me dijo:
– Es por aquí, sígueme…
Y desde entonces la estoy buscando cada noche.

0 comentarios