Cuando no puedo controlar, cuando la situación se me escapa de las manos, siento miedo.
No es ningún misterio. Se me hace bien evidente: un nudo en el pecho, justo en el centro, una tensión-presión en la cabeza, un laberinto revuelto en algún lugar del estómago.
No me deja comer apenas, me invita a visitar el baño a menudo. Me impide concentrarme y respirar largo y profundo.
Cuanto más pretendo luchar contra esos síntomas, más se agudizan. Cuanta menos resistencia muestro, menos malestar siento.
Si en lugar de resistirme me entrego, facilito el proceso y el miedo se disipa algo, mucho, del todo. Según. Si puedo soltar y aceptar que simple y naturalmente estoy asustada, que tiene sentido estarlo, que no puedo controlarlo todo y que confiar es el camino para sufrir menos y aprender más, puedo estar en mí con ese miedo sintiéndolo como un aliado, no como un enemigo.
Tengo miedo y a la vez me atrevo. Voy con miedo y también con ganas. Mi miedo es parte de mí cuando aparece pero yo no soy miedo. O sí. Y si lo soy también soy valor, y fuerza, y ganas.
Estoy cansada de pretender controlar. Es agotador. E imposible.
Me rindo.
Suelto.
Confío.
Con miedo.
Y luego sin él.

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