Con miedo. Sin miedo

Dic 4, 2019

Cuando no puedo controlar, cuando la situación se me escapa de las manos, siento miedo.

No es ningún misterio. Se me hace bien evidente: un nudo en el pecho, justo en el centro, una tensión-presión en la cabeza, un laberinto revuelto en algún lugar del estómago.

No me deja comer apenas, me invita a visitar el baño a menudo. Me impide concentrarme y respirar largo y profundo.

Cuanto más pretendo luchar contra esos síntomas, más se agudizan. Cuanta menos resistencia muestro, menos malestar siento.

Si en lugar de resistirme me entrego, facilito el proceso y el miedo se disipa algo, mucho, del todo. Según. Si puedo soltar y aceptar que simple y naturalmente estoy asustada, que tiene sentido estarlo, que no puedo controlarlo todo y que confiar es el camino para sufrir menos y aprender más, puedo estar en mí con ese miedo sintiéndolo como un aliado, no como un enemigo.

Tengo miedo y a la vez me atrevo. Voy con miedo y también con ganas. Mi miedo es parte de mí cuando aparece pero yo no soy miedo. O sí. Y si lo soy también soy valor, y fuerza, y ganas. 

Estoy cansada de pretender controlar. Es agotador. E imposible.

Me rindo.

Suelto.

Confío.

Con miedo.

Y luego sin él.

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