En mi cuerpo de mujer yo decido lo que siembro, lo que me toca, lo que resbala, lo que me empapa, lo que transpira, a qué me acerco y de qué me alejo, lo que dejo pasar y a lo que le digo «quieto ahí».
Yo elijo cómo, cuándo, cuánto, con quién y también para qué, haya o no un por qué. No preciso saberlo todo ni explicar nada. Lo siento en la inmensidad de mi hermoso cuerpo, lo asumo, lo pongo en juego. Yo. Por mí y en mí. Desde mí y para mí. Entera. Completa. Caprichosa, no. Firme. Segura. Vulnerable. Sensible. Fuerte. Y frágil.
Puedo ser fuerte y frágil a la vez, sí. No es incoherencia. No es un absurdo. Es pura vida en acción. Es orden y sentido.
Mi cuerpo de mujer es una fortaleza serena y bien plantada en la Tierra, con sus senderos y sus murallas, con sus bosques y sus mazmorras. Soberana. Reina y señora de mí. Poderosa. Sensible. Intuitiva. Fuerte.
Eso soy. Eso eres tú, hermana. Esas somos las mujeres. Y que se vaya enterando el mundo entero porque a esta luz que irradiamos no la para ya nada, ni nadie.
Abran paso ustedes si no les gusta, no vayan a deslumbrarse, o caminen a nuestro lado si es que deciden crecer.

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