No estoy para arrancadas y frenadas intensas y repentinas. Tampoco para fuegos artificiales de temporada ni para efervescencias llamativas que se diluyen dejando solo dolor de cabeza o indigestión. Ya tuve suficientes trucos de magia y encantamientos varios. Suficiente entretenimiento baladí o intrascendente. Lo cual no significa que me retire del juego ni que me haya vuelto aburrida y miserable. Lo que quiere decir todo esto es que he vuelto a tocar un fondo, y aunque sé que no será el último de su especie, esta nueva bajada a mi inframundo ha dejado un poso de claridad y de fortaleza que antes no estaba. Lo de antes se me ha vuelto insustancial, pobre, y me desprendo de conformarme con migajas. Quiero el oro que merezco. Ni más ni menos. Y soy consciente que lo que merezco es más de lo que vengo recibiendo. Aquí no pongo la responsabilidad afuera sino que coloco la mirada en mí.
Estoy sola en casa estos días. Me acomodo en otra estancia, donde trabajo, descanso y paso casi todo mi tiempo. Levanto un altar de lujo presidido por Saraswati. Coloco a mi niña de cuatro años en un lugar principal, a mi yo adulta/joven/bella/adornada en el centro. Enciendo una vela dorada y la dejo prendida hasta que se consume días después. Le doy espacio a mis plumas, mis joyas, al dinero y a algún otro símbolo de la Tierra y del Agua. Perfumo y cuido mi altar cada día. Varias veces al día me paro frente a él y me dejo sentir su presencia y la contundencia con la que me habla. Llega mi sangrado cuando no lo esperaba, tal vez por última vez. Recojo mi sangre y pinto con ella. Registro mis dudas y mis certezas por escrito y me dejo arrullar por mi impulso poniéndolo mucho en valor. Importa poco si lo que movilizo se materializa o cómo y cuándo lo hace. Lo de verdad relevante es que yo acoja ese impulso y lo siga, que le haga espacio y lo nutra, que haga yo mi parte. Y después, suelte.
Estos días de auto-retiro en casa me sirven para mirar de cara a mi dificultad, cómo me enredo, dónde tropiezo, qué me falta y me sobra, los patrones que repito, el enorme cansancio que generan en mí y la desvitalización que me trae seguir descubriéndome en esas repeticiones. Me han traído una limpieza profunda e integral, que aunque no lo ha dejado todo inmaculado, sí ha quitado la suciedad más obvia. Si cada dos o tres días saco la basura de mi casa para que no se acumule generando malos olores e insalubridad, ¿cómo es que dejo los rincones y salas de mi alma llenos de trastos y desperdicios?
Una vez más me digo basta. Basta ya de seguir recorriendo en bucle el mismo camino trillado. Basta de engañarme a mí misma, de perderme en ensoñaciones, lamentaciones, huídas y fantasías. Basta de poner la mirada fuera y esperar también que desde afuera me salven, me valoren o me validen. Basta de no hacerme cargo privándome de mi fuerza y mi valor. Basta. ¡Basta! ¡¡BASTA!!
Me adueño de todo mi ser, de todas mis partes. Me apropio de la mujer completa que soy y de las dificultades que me toca atravesar. Me hago cargo de este tesoro que me ha sido concedido en forma de vida y honro cada paso del camino.
El único camino es a través y yo lo estoy recorriendo.

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