Vuelta a casa

Sep 21, 2025

Allá por el solsticio de invierno y coincidiendo con la frenética dinámica navideña, me lancé al sinfín de movimientos motivados desde lo externo para, un año más por esas fechas, separarme de mí.

Esta semana, después de tres días de mucho descanso, baños de naturaleza y conversaciones nutritivas, me sobrevino un buen revolcón egoico seguido de un mazazo de conciencia bestial, y ahí, renové mis votos conmigo, comenzando un nuevo ciclo que siento significativo, porque la vibración que percibo es de ruptura, de la caída de otro velo, y un sonoro y contundente ¡¡YA ESTÁ BIEN!! me tomó por completo mientras flotaba entregada al mar.

Aunque las pasadas navidades me prometí hacer algo distinto este año, he pasado estos 9 meses bastante desconectada de mi práctica cotidiana, que supone necesariamente disciplina, para andar de aquí a allá, despistada, distraída, con mis momentos de presencia y conexión, sí, pero desenchufada del hábito y del compromiso que supone conmigo misma y con mi camino de realización, que es lo mismo en realidad. Requiere de entrega y devoción, no hay otra vía.

El día siguiente al revolcón lo pasé en retirada, retomando mis prácticas, consciente del bienestar que me traen, ocupándome de lo que era preciso y soltando lo demás, tocando el vacío y mirándolo con sosiego y anhelo, contactando con las ganas reales de entregarme más a él, de sumergirme en sus aguas, con conciencia de la soledad elegida que implica. Me doy cuenta que supone soltar actividades a las que andaba fantaseando unirme este otoño. Mi ego se siente fuertemente atraído por ellas y se lanza fascinado en su busca, aunque en verdad ni las necesito ni las quiero. Mi ego las desea, como lo desea todo, con ansiedad y enarbolando una estructura lógica muy sofisticada que las justifica. Mientras, mi parte más genuina, observa de nuevo divertida esta jugada tan familiar y me repite, como siempre hace, aunque tomada por el carácter como estoy yo no la logre escuchar: «suelta todo eso y deja espacio».

Esta vez he podido escucharla y su mensaje me ha atravesado como un rayo. Me denuncio aquí a la vez que comparto mi compromiso renovado, dándole voz a todo este runrún humano que me habita y me confunde pero que no soy yo. Sonrío al verlo y me maravillo ante la grandeza de este tablero de juego que es la existencia. Agradezco a esa inteligencia creadora que lo sustenta el prodigio al que me invita cada minuto de cada día, otorgándome el mismo poder que ella regenta. Así es como me convierto en una extensión de su infinito dominio y podemos cocrear juntas la realidad en la que estamos inmersas. Ahí se da el matrimonio sagrado entre conciencia y energía; imparable, invencible, insondable.

Quiero quedarme aquí. Quiero dejar de despistarme. Quiero entregarme a lo único y desde ahí, experimentar sin apego lo mundano, disfrutar de este glorioso juego cada día más limpia de condicionamientos, más liviana y clara. Y si vuelvo a despistarme y me olvido, voy a contactar con ese instante de profunda entrega flotando en el mar donde todo mi ser sintió el hartazgo por seguir enganchada a la farsa, anhelando vivir en plenitud.

Buenas y malas noticias (si es que eso existe): todo depende de mí.

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