Ponte en valor, mujer.
En lugar de fijar la mirada fuera, fascinada por el encanto del otro, anhelante porque te vean y te amen, descansa en tu propio ser y mírate a ti misma.
Fíjate en tus tesoros, lo que tienes para dar, fíjate en lo que recibes, en si te atreves a tomar, en los permisos que te concedes. Atiende a cómo te hablas, cómo te cuidas, cómo te sientes contigo misma cuando estás a solas y en compañía.
Pon atención a tus heridas. Las antiguas que aún no se cerraron del todo son posiblemente las mismas que supuran aún cuando tocas con desilusión, decepción, traición, humillación, rechazo. Rezuman enfado a veces, y las más, tristeza, una tristeza profunda y espesa de la que a veces te cuesta zafarte.
Abrázate con ternura cuando te sientas temblorosa, cuando asome el miedo. Recógete dulcemente si tropiezas y cuando caes. Calma la mente, acaricia el corazón, susúrrale al alma.
Déjate tomar por esas olas de esencia que te recorren por dentro. Confía en su flujo. Aunque parezca que van a arrasarte solo vienen para ayudarte a sentir, a sentirte, y para seguir limpiándote, purificándote y depurándote.
No esperes a que venga nadie a colmarte. Date a ti misma lo que precisas, escucha tus necesidades y movilízate para satisfacerlas. Son valiosas y eres merecedora de cubrir todos tus anhelos.
Tus sueños, tus fantasías, tus deseos tienen cabida siempre, son lícitos y en casi todas las ocasiones, verdaderos. Otórgales su espacio y abónalos, riégalos, retírales las hojas muertas, míralos florecer maravíllate con su belleza y colorido.
Párate. Descansa. Desacelera. No des más de lo que puedes permitirte. Notarás que te pasas cuando te agotas, cuando sientes que el cofre interno se vacía sin llenarse después. No te van a querer más ni mejor porque tú te entregues sin medida. No midas lo que entregas, mide cómo te sientes después de dar.
Ama como tú sabes. Entera, completa, plena. Ama sin resquicios, limpia de pudor, vestida con tu vulnerabilidad. En ella reside tu fuerza. Ama mucho. Ama tanto que el amor sea el lugar que habitas y el aire que respiras. Déjate de estrategias vanas, de trampas y trucos. Juega, sí, verdadera, atreviéndote y arriesgando, poniendo tu ser en juego. Si hay miedo, con miedo. Si hay deseo, elévalo a lo más alto y deja que haga su recorrido.
Ve a por lo que quieres. Búscalo, olfatea, deja que te tome cuando aparece, disfruta de su frescura. Encarna el gozo que eres. Sumérgete en la fuente de éxtasis que está disponible para ti siempre y hazlo consciente de que es tuya por derecho propio. Que sus aguas cristalinas manarán para ti sin descanso y que en tu existencia no conocerás la sed.
Pon en valor tu valor, mujer. Ponte en valor. Eres merecedora. Todas tus ancestras se regocijan cuando lo logras. Todas tus descendientes agradecerán el camino que les dejas abierto. Tú serás la mujer que estás llamada a ser.

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