¿Quién nos hablaba de placer, de deseo, de disfrute cuando éramos jóvenes?
¿Quién nos explicaba lo que significa poner un límite, su relevancia y cómo mantenerlo?
¿Dónde aprendimos a escuchar nuestro sentir o a atender a nuestra intuición?
¿Cómo nos contaron que descubriríamos quiénes somos y cuál es nuestro camino?
¿Con quiénes nos sentimos vistas, escuchadas, sostenidas y validadas?
¿Cuántas veces vivimos la incomprensión, la frialdad, el abandono o incluso el desprecio?
¿De qué manera nos trataron para creer que algo estaba mal en nosotras, que éramos defectuosas?
¿Cuántas lágrimas nos tragamos para mantener el tipo, para no epatar o evitando que nos hicieran más daño?
¿Cómo se vio afectada nuestra sensibilidad, la confianza en el otro y nuestra capacidad de entrega?
¿En qué escuela, instituto o facultad enseñan a ser persona, a Ser?
¿Qué familia acompaña nuestro proceso de crecimiento y desarrollo como precisamos?
Las preguntas no se agotan.
Las respuestas, aunque a veces se hacen esperar, acaban develándose.
«No tengas prisa«, me dice mi Voz, «sabes que todo llega, en su momento«.
Y yo sé que es cierto.

0 comentarios