He mirado con atención estos días cómo recorro el espacio contenido en la polaridad que me invita al contacto y la retirada, cómo oscilo entre uno y la otra, cuál es la diferencia entre los diferentes vínculos, incluso cómo es contactar conmigo misma y retirarme de mí.
Lo primero que se me hace figura es que tengo facilidad para estar sola, que disfruto de mi espacio-tiempo conmigo, que de hecho lo necesito, cada día, un pequeño o gran oasis de soledad elegida para frenar el ritmo y tomar tierra me resulta imprescindible. Sin esa parada entro en el automático de la desconexión y de ahí al malestar hay apenas unos pasos.
También puedo ver que necesito del otro y que incluso anhelo en ocasiones un contacto más cercano, más profundo y significativo. Me resulta sencillo acercarme, estar en el vínculo, me gusta cuidarlo, sentir que estamos unidos sin ataduras, gozar la calidez y la sensación de hogar y seguridad que la intimidad emocional genera. A veces me quedo pegada a ese calor, fascinada y demandante.
Puede sucederme entonces que en mi demanda pierdo de vista al otro y solo puedo ver lo que yo quiero. Desde una presunta autosuficiencia histórica Y aprendida, reconozco que me cuesta pedir, y cuando lo hago y recibo una negativa por respuesta, caigo en la trampa de sentirla como rechazo e incluso vivirme en abandono, en lugar de ver que el otro solo ha desplegado algo que a mí de hecho también me resulta difícil llevar a la práctica: decir que no.
A veces, según el vínculo y la energía puesta en juego para acercarme y expresar mi necesidad y anhelo, tardo en despegarme la incomodidad o incluso del dolor que la negativa me supone. Ahí me hace falta entrar en retirada de nuevo porque quedo muy vulnerable y me siento fácilmente herible así. De vuelta conmigo, a solas, me permito caer, dolerme, enfadarme, me dejo sentir la frustración y después puedo contactar con la idea de que el otro solo está manifestando su propia necesidad.
Es ahí donde puedo percibir claramente que he entrado en algo regresivo, que de pronto algún resorte tan invisible como inconsciente se activó en mí y mi yo de 3, 5 o 7 años me toma y manifiesta cómo se sintió entonces. Olas de ternura, compasión y amor me recorren, abrazo y consuelo a mi niña, la tranquilizo, la atiendo, me quedo con ella hasta que se calma y la adulta que soy se recoloca.
Es posible que para volver al vínculo y al espacio donde ha recibido la negativa, esta mujer adulta se acerque aún con cierto recelo, cuidadosa al menos, midiendo la distancia y la implicación emocional que supone. No la juzgo, no la culpo. Veo que está maternando y protegiendo a su niña, y eso es muy bello. Van de la mano y la mayor le dice a la pequeña: no te preocupes, yo estoy contigo, siempre.
Ha descubierto un recurso que comienza a practicar con conciencia, sin resquemor, sin rencor, explorando sus posibilidades. Se llama retirada estratégica de energía. No es un juego de manipulación. Es una manera justa de medir cuánto me doy, cuánto me pongo disponible en función de la interacción y del equilibrio vincular, que demasiadas negativas tal vez señalan que el otro no me prioriza en su vida, y aunque eso me duele, es preciso aceptarlo con honestidad y sí, retirarme un poco y retirar energía del vínculo. No se trata de desaparecer para el otro, de abandonar la relación ni de dejarlo en vacío, sino de modular la cantidad e intensidad de presencia que puedo y quiero ofrecer, para cuidarme y cuidar de mi niña.
En esa exploración que me lleva a retirarme y a retirar mi energía puedo empezar a ver con mayor claridad al otro y también a la criatura que lleva prendida. Así vuelvo a conectar con la ternura, el amor y la Compasión. Y también puede pasar que me enfríe porque percibo el desequilibrio o la ausencia de reciprocidad. No es despecho. Me separo para honrar a mi niña y para dejarle a la criatura del otro el espacio que demanda. Procuro no tomármelo personal, no es nada contra ti, preciosa mía, es que simplemente no quiere. Y ella asiente porque comprende.
También puedo ser consciente al habitar esa retirada de que me gustan los vínculos con profundidad y que la superficialidad vincular me cansa, me aburre y en general no me interesa especialmente. Por supuesto que puedo ser cordial y cortés con unos y con otras sin mayor implicación y con total desapego, y a la vez que contar con la fuerza que nace de un lazo profundo y sincero es vitamina, nutrición y gozo. Lo anhelo, lo busco, lo cuido porque me encanta y lo necesito, y siempre recordando que el primer y más importante vínculo es conmigo. Que el amor más vital y necesario es el amor propio. De él no me retiro ya. Nunca.
Y así retorno al comienzo, a mi hogar, que soy yo. Desde ahí puedo ir al otro, sí. Puedo ver que de entrada, cuando el recorrido es nuevo, me lleva mi tiempo acercarme o dejar que el otro se acerque a mí porque hay una desconfianza latente. Necesito sacar mi instinto de fierecilla para olfatear y decidir si es confiable y acortar distancia a mi ritmo y a mi manera. Pongo en valor mi habilidad para detectar el peligro, para protegerme y no dejarme avasallar. Esa capacidad me pone fuerte, me arraiga a la Vida. Y celebro de corazón cómo puedo luego abrirme, entregarme y acoger desde la suavidad, la ternura y el amor incondicional. No a todos, no siempre, cuando para mí está bien.
No soy un muro de hielo infranqueable ni una balsa de aceite. Soy una selva frondosa que alberga cascadas, ríos y frutos, que descansa en sí misma abierta a ser descubierta por quien está dispuesto a aventurarse. Entonces se da con plenitud y valentía, da lo que tiene como sabe y sin temor. Y se da cuenta que vivirse así, que ser selva es en realidad su mejor manera de ser.

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