A veces me paso. Es un automático conocido.
Me paso de planes, de actividades, de acción.
Me paso de movimiento, de idas y venidas, de comprometerme con otros.
Y en ese trajín, me pierdo a mí, me pierdo yo y me paso a mí por encima.
Porque no puedo fallarle a esos con los que me he comprometido o que cuentan conmigo pero parece que sí puedo fallarme a mí…
Me pierdo de quietud, de descanso y de espacio para mí.
Me quito de auto-cuidado y de auto-escucha, de ritmo pausado y de calma. De bienestar.
Cubro lo demás que tiene que ver con el afuera y dejo abandonados mis adentros.
Me abandono a mí.
Y todo esto me deja cansada, agotada a veces, frustrada o insatisfecha. Irascible por momentos. Triste en lo profundo.
Desatenderme me entristece, sí.
Sin drama, sin victimismo.
Sólo tristeza serena por comprobar que así es aún.
No puedo con tanto ni con todo.
No me da ni el tiempo ni la energía. Ni siquiera me llegan ya las ganas.
Remediarlo es posible, asequible, fácil incluso.
Sólo tengo que decirme y decir una cosa. Una y solo una palabra, dos letras: NO.
Poner mis límites es la clave. Desde la escucha interna, tener la honestidad y la valentía de decir ‘no puedo’, ‘no quiero’, ‘esta vez no’.
Y respirar…
Y comprobar qué pasa.
Y darme cuenta que sin mí no voy a ninguna parte y que conmigo puedo llegar a cualquier sitio.

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