Escuchar lo que llevamos dentro no es fácil a menudo, tan desconectadas andamos en esta vorágine de actividad, obligaciones, quehaceres, productividad, eficacia…
Acción, acción, acción. Planificación. Tanto de lo que hacerse cargo, pendientes del reloj, de horarios, de llegar a todo, de cumplir la expectativas. ¿Cuáles? ¿De dónde proceden? ¿Quién las promueve? ¿Nos pertenecen o simplemente nos apropiamos de ellas?
Yo siento por momentos que me vuelvo loca, que este ritmo constante se acelera cuando no me atiendo y se vuelve frenesí. Y ahí me pierdo. Qué suerte que llega mi cuerpo con sus señales para mostrarme que solo necesito una cosa: parar.
Parar. Dejar espacio para que se amplíe la escucha. Es de vital relevancia. Parar y escuchar. Si no, solo soy una autómata que se mueve sin conciencia y por mecánicos impulsos. Una criatura con el alma apagada, des-almada, sin alma.
Parar y escuchar para hacerle sitio después a todo lo que sea que veo o percibo. Y atreverme luego a deshacer, a limpiar y ventilar, a dejar espacio libre. Y sentir cómo respiro desde ahí.
Esto es de valientes, sí, porque a veces da miedo y aún así, vamos. Con miedo también se puede ir. Y con vergüenza, con culpa, con tristeza. Con todo.
Al tocarlo/mirarlo/escucharlo/atenderlo, se va mostrando más claro, ablandando, deshaciendo incluso y recolocando.
Es una aventura, un reto del cotidiano, un juego también.
Hay que atreverse. A jugar, que es vivir.

0 comentarios