Ya estamos de nuevo inmersas en esa controvertida época del año. Anhelada y temida, deseada y odiada, excesiva y carente, luminosa y oscura… Todas las polaridades posibles en nuestro humano escenario se dan la mano para enredarse en esta coordenada espacio-temporal que vislumbro como un portal, una apertura a otras posibilidades de ver y de posicionarme que, de abrazarlas, van a modificar mi tablero de juego.
El mío, el nuestro, está marcado por numerosos acontecimientos, siendo uno de ellos la tradición cristiana. Como todas las tradiciones, sabidurías, religiones, filosofías o escuelas de pensamiento, tiene sus mitos y sus hitos. En este caso, el advenimiento de una criatura, un niño divino que trae consigo la semilla de un mundo nuevo, una promesa de amor incondicional y de totalidad.
Navidad significa nacimiento.
Cristo significa ungido.
Ungir significa elegir a alguien para dignificarlo.
Así que esta tradición que nos condiciona y conforma invita en estos días últimos de un año y primeros del siguiente (teniendo en cuenta que el calendario es también una invención cultural y en gran parte de tradición cristiana) al nacimiento de un nuevo ser, un ser especial, un elegido.
Las tradiciones de todas las culturas están empapadas por símbolos, metáforas y arquetipos que explican y personifican conceptos o ideas más amplias y profundas. Así los vuelven más cercanos y accesibles a nuestra comprensión.
Cristo es la semilla potencial de una conciencia basada en una realidad superior y absoluta que todo lo contiene: el Amor. Nos dice que todo se reduce a eso, incluídos nosotros. Que somos amor, que todo es en última instancia extensión y expresión de ese Amor. Dios es otra forma de nombrar a ese Amor, esa energía creadora en potencia. De ahí que todos llevemos esa esencia divina en nosotros, que seamos nosotros también dioses creadores. No como una distorsión narcisista de nuestro ego sino como la pura manifestación de la esencia que nos conforma.
Cada año la Navidad, el mito de Cristo, el personaje de Jesús, el arquetipo del Salvador, viene a recordarnos lo que verdaderamente somos y cómo podemos ponerlo en juego. Nos invita a terminar la partida tal y como la hemos podido jugar hasta ahora y comenzar otra tal vez de otra manera. La oportunidad de cambio está abierta de par en par. Eso es el portal. En un momento además, justo tras el solsticio (otra invención humana que organiza y nombra una energía de algo que termina y algo que comienza) donde la oscuridad y la luz se encuentran en un abrazo para continuar su eterno baile de equilibrios celestes.
Justo ahí, en ese cruce concreto, se nos invita a revivir el mito, a hacerlo nuestro, a plantar esa semilla preciosa y pura, perfecta y divina, como lo somos todas de bebés, en nuestro interior.
Por supuesto que la maquinaria humana con toda su parafernalia estratégica (consumismo, materialismo, patriarcado, excesos, adicciones, desconexión…) se entrega en su funcionamiento neurótico a un frenesí de movimientos que sin duda nos distraen del propósito originario y que a menudo triunfan en su intención de tenernos vagando cual Ulises (otro gran mito de otra tradición que nos toca de cerca, por cierto, y otro arquetipo universal del viaje en el que se embarca todo ser humano que nace) por un mundo de peligros y placeres con el objetivo claro siempre de retornar al hogar.
Retornar al hogar. Volver a casa. Despertar en nosotras esa semilla. Engendrar una criatura pura y preciosa en nuestro interior. Ser nosotras ese nuevo ser divino. Ser el Amor que estamos llamadas a ser. Ser Amor. Simplemente. No hay más y eso es comprensible para cualquiera.
Cómo lo hacemos, cuánto somos capaces de encarnarlo… Depende de nosotras. En cada momento podemos elegir si actuamos, decimos, hacemos desde el Amor o no. Si estamos manifestando nuestra esencia divina o no. Es muy sencillo. Tanto que se nos escapa.
Así que vamos a darnos la oportunidad esta Navidad de nacer de nuevo, con un padre y una madre internos presentes y amorosos, con todo lo necesario para sobrevivir a pesar de las aparentes carencias y de los supuestos peligros externos, con un mundo entero esperando nuestra luminosa llegada y celebrando nuestra existencia, colmándonos de presentes y protegiendo nuestra preciosa vulnerabilidad.
Otra oportunidad. Vamos. No me digas que vista así no te gusta la Navidad.

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