Algo en mí se está aclarando, cambiando, liberando, o simplemente estoy creciendo y ahora este estirón se me hace más evidente. Porque aquello nuclear en lo que me quedaba enganchada va perdiendo fuerza.
Ya no ansío que me vean, que me miren, ni me siento sumida en un vacío cuando no soy vista. La mirada del otro no me otorga entidad. Ya la encarno yo por mí misma, existiendo, habitando esta vida que me ha sido concedida y colocándome por derecho desde ella en el mundo. Ahora puedo incluso ser invisible, que es también ser libre. Soy yo la que quiere ahora poder ver más, mejor, más lejos, más profundo.
Encajar se me volvió incómodo, insoportable incluso, y le he encontrado el gusto a vivir desencajada, atendiendo a mi necesidad y a mi llamado interno en lugar de andar esforzada aquí y allá procurando mostrar lo que creo que cada espacio me exige. Así camino más ligera, sin exigencias, sin necesidad de sentirme aceptada o validada. Ya soy válida por naturaleza.
Hacerlo bien, hacer lo correcto, ¿qué significa en realidad y respecto a quién? Lo hago lo mejor que puedo en cada momento conforme a lo que puedo aportar y con los recursos que tengo disponibles. Me equivoco, acierto y siempre es perfecto tal cual se revela.
No pasa nada si no le gusto a alguien, si me ignora o no me soporta. Está bien así. No me esfuerzo por agradar ni complacer a nadie, sea quien sea, y puedo encajar el rechazo sin tomármelo personal, sin sentirme herida ni ampararme en el orgullo. Me retiro con serena humildad, agradezco y sigo.
Se acabó el perseguir logros como trofeos, subida a la compulsión del hacer creyendo que cuanto más hago y alcanzo más valgo y más feliz voy a ser. Es agotador y doloroso. Basta ya de esa ansiedad continua, del cansancio, de la tensión muscular y la contención. Basta ya de rigidez. Dejo salir mi espontaneidad y mi capacidad de fluir, adaptarme y soltar.
Practico aparcar la necesidad de control. No es verdad que me traiga seguridad real, más bien una falsa seguridad apuntalada solo en lo externo, que puede venirse abajo en cualquier momento y ante cualquier crítica, juicio, opinión o cambio de plan. Se acabó andar enganchada al reloj, las listas de tareas, los objetivos, la planificación, la mirada puesta en el futuro… Ahora es lo único que existe. Confiar aquí y ahora.
Me libero de aquella necesidad velada de ser buena, de quedar bien, de dar una buena imagen. Una adaptada al entorno. Cansada de esa habilidad camaleónica que sólo logra falsear mi verdadero Ser. Digan lo que digan los adultos, todos los niños somos buenos, la bondad y la inocencia, la alegría y el instinto son nuestra naturaleza.
Algunos síntomas de mi maduración. De mi crecimiento. De mi liberación. Sigo pendiente del camino que me marcan, atendiéndolos sin exigencia, con compasión y amor profundo, con paciencia y confianza en mi sabiduría interna, poniendo atención, presencia y escucha, dándole espacio a todo lo que aflora. Que ninguna parte de mí se sienta excluída.
Crecer es un proceso. Estoy en ello.

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