Testigo

Nov 15, 2022

Cuando un dedo de mi mano, o mi cadera se movilizan en una dirección siguiendo un impulso espontáneo y sin atender el dictado de mi mente, ¿quién los está guiando?

Si me siento a estar conmigo, sola, sin actividad aparente, a parte de observarme y respirar tranquila, soltando objetivos y expectativas, ¿quién observa en realidad?

El cerebro es un director de orquesta prodigioso y la mente tal vez sea su programa más sofisticado. Pero siento que hay otra instancia más amplia e intangible que, como un aroma, lo impregna todo y todo lo envuelve sin ser visto. ¿Qué es eso invisible, inasible que lo toca todo? ¿Dónde se alberga? ¿Cuándo y cómo se activa?

Podría ser eso que llaman consciencia, el yo superior, el espíritu, el alma, la esencia. No sabría cuál es la etiqueta más acertada. Sí sé que es. Qué está siempre despierta. Que lo percibe todo y todo lo comprende. Que no necesita que nada ni nadie la verifique ni le otorgue entidad porque algo mayor se la ha concedido y es inviolable. Que es pura luz y amor puro, libertad y espacio infinito. Que vibra y sabe desde la no mente y el no tiempo. Que habita en cada una de nosotras, esperando que la reconozcamos para poder así descubrir quiénes somos de verdad.

Intuir esta realidad me saca de mi fantasía más catastrófica e inconsciente, ésa de quedarme sola por completo, en el vacío más absoluto, desamparada, sin asidero, sin dirección.

Esa posibilidad es inviable, jamás podrá hacerse realidad. Hay una conciencia testigo que habita dentro de mí, fuera de mí, en todas partes, que vela mis pasos y me acompaña en mi parálisis, que camina conmigo allí donde voy y en todo lo que soy.

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