Si adoro a mi madre y reniego de mi padre, malo.
Si exalto a mi padre y rechazo a mi madre, igual.
Si pongo a mi padre y a mi madre en un pedestal como seres intachables, voy descaminada.
Si los arrastro por el fango, los desprecio y pisoteo, también andaré perdida.
Mejor mirarlos como el hombre y la mujer que son, capaces y vulnerables, humanos, cuestionables, que lo hacen siempre lo mejor que pueden, hasta cuando la cagan, y desde ahí los acepto desde esa imperfecta humanidad que también es la mía propia.
Entonces, tal vez, es posible poder amarlos de corazón y en profundidad. Entonces, tal vez, pueda darme cuenta de cuánto me aman a mí. Entonces, tal vez, no haya ya nada que decir, que preguntar, que perdonar.
El amor entonces lo abarca todo y todo se torna amor.

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