Muevo los dedos de mi mano, de uno en uno, despacio; después los abro y los cierro como un abanico, hacia adentro y hacia afuera; luego hago con ellos un puño y, volviéndolo palma, los encojo y los estiro todo lo que puedo; giro la muñeca en una y otra dirección apreciando la autonomía que me otorgan las articulaciones, incluido el codo y hasta mi hombro. Muevo el brazo al completo, sin prisa, desde las yemas de mis dedos hasta la articulación del hombro, explorando las posibilidades de cada tramo, maravillándome por este prodigio de diseño que es mi cuerpo, agradeciendo todas sus funciones, lo que me ofrece y me facilita.
Sigo moviendo mis dedos, mi mano, la muñeca, acompaña el codo y el brazo entero. Se expresan. Me cuentan una historia, describen imágenes que afloran en mi mente tras cada movimiento. Pueden mostrarme mundos y libertades hasta entonces desconocidos para mí, así que pongo música y me entrego al espectáculo que el solo impulso de mis dedos ha generado en todo el brazo. Exploran el espacio, amasan el aire o lo cortan, y yo solo me dejo guiar por su pulso, extasiada, divertida, disfrutando.
No me importa el mundo ahora, ni caminar entre personas, ni que me vean, ni que puedan pensar si estoy loca. Me da igual. Incluso estar loca hoy no me importa ni me asusta en absoluto. Solo quiero seguir aquí atendiendo a mis dedos, a mi mano, a mi brazo y a su diálogo con la música. A la energía que generan y al espacio que abren en mi esqueleto, más vivo, más suelto, más libre.
Ser yo movimiento a raíz del movimiento que es mi cuerpo se me está revelando como una bendición ilimitada y constante.
Ser yo movimiento. Libertad. Expresión. Gozo.
Soy movimiento.
(Imagen de Álvaro Parada, en El Jardín de Francisco Villalobos).

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