Con-tacto

Oct 2, 2022

Los sentidos nos anclan al cuerpo, nos llevan de vuelta a él una y otra vez. Son un regalo que la naturaleza nos concede para facilitarnos la supervivencia, el placer y la conexión, con nosotras mismas y con el resto del mundo.

A veces pueden fallar, apagarse o desaparecer incluso. Podemos no ver, perder el oído, podemos desarrollar una disfunción física o emocional que nos impida el olfato e incluso el gusto. Pero no existe en el mundo nada que pueda privarnos de las bendiciones del tacto.

Aunque nos falte algún miembro, aunque zonas de nuestro cuerpo estén heridas, aunque nos encontremos en una celda sin nadie con quien interactuar, siempre tendremos nuestra piel para relacionarnos con el medio y para permanecer en contacto con nosotras mismas.

Sentir el aire, la temperatura externa, la rugosidad o suavidad de un tejido. Sentir el peso propio, el sostén externo y el interno. Sentir los límites y la contención de un espacio o de un abrazo. Sentirme yo, mi piel, las partes que me componen, mi vibración y mi aliento. Sentir al otro, su presencia, su toque único, la humanidad que compartimos. Sentir también a un otro que no es humano y que está vivo, sentir su energía pulsar en el encuentro.

Con tacto y en contacto nos encontramos y vivimos, constantemente y de forma inevitable. ¿Cómo es ese tacto? ¿Desde dónde y con qué intención lo establezco? ¿Cuándo lo evito y cuándo lo busco? ¿Cuál es su cualidad?

Lo voy mirando y me voy preguntando…

(Imagen de Álvaro Parada, en El Jardín de Francisco Villalobos)

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