Un día quise ser madre.
Y puse todo mi empeño en lograrlo.
Tenía la edad, la salud, un gran compañero. Tenía estabilidad, seguridad, ganas. Tenía tiempo aún.
Pero nada de eso fue suficiente. La Vida me decía de maneras diferentes «no va a suceder, no así, no como tú quieres».
Yo la escuchaba pero me resistía a creerla. En mi arrogancia pensaba que si insistía un poco más, si esperaba, si seguía intentándolo lo conseguiría. La perseverancia era una de las llaves maestras que mi madre tenía por bandera. «La perseverancia vence todas las dificultades«, sigue diciendo hoy en día.
Pero la perseverancia no es suficiente. No siempre. La Vida es infinitamente más grande, más misteriosa y poderosa que cualquiera de nuestras humanas estrategias o necesidades.
Me lo mostró de diferentes formas y lo aprendí a la tremenda. Me revolví como una fiera herida. Renegué, pataleé, lloré y me lamenté, me enfadé mucho y con todo. No podía ver más allá de mi frustración y mi enfado. La mirada pequeña, la percepción maniatada, la confianza escuálida.
Un día quise ser madre y no pude.
Me envenenaba viéndome defectuosa, inadecuada, pensando que mi cuerpo era incapaz de sostener una vida dentro, sin darme cuenta de toda la vida que este precioso contenedor mío albergaba y renovaba sin descanso, todo el tiempo.
Pasaron los días, los meses, los años. Pasaron los sueños, las ilusiones y los dolores. Pasó la sangre y mi juventud así que claudiqué, me entregué a la evidencia y solté el anhelo. No voy a ser madre. Es así. No seré madre de hijos biológicos a quienes amamantar, criar y cuidar hasta que se hagan autónomos. No. Eso no va a suceder.
Seguí llorando lágrimas amargas, muchas. Me volví cetrina en parte. No sé si desde afuera me veían así pero así era como yo me percibía. Descolorida, amarillenta, pajiza, a ratos plomiza, cenicienta. Triste. Una mujer joven y triste porque uno de sus deseos no se iba a materializar jamás.
Un día quise ser madre y otro dejé de empeñarme.
Entonces, sin proponérmelo, empecé a florecer.
Acabé besando conmovida la tierra que pisaba, pidiendo disculpas por mi insolencia, aprendiendo en mis huesos lo que significa la humildad y la aceptación. Pude reconocer al Poder verdadero y la dimensión del Misterio. Palabras grandes que abarcan realidades inmensas.
Empecé a hablar menos, a escribir más. Me volví un poco hacia adentro para retirar capas de piel antigua y quedarme desnuda, vulnerable, sola. Necesito estar sola a veces para poder verme bien, para poder ver mejor.
El tono de mi piel se tornó rosado, tostado, dorado. Mis ojos encendieron un brillo distinto, con un aroma a serena alegría y verdad. Fueron llegando los niños, los gatos, los clientes, las amistades, las Medicinas, los textos, los amantes… Y en cada uno de esos encuentros, con cada vínculo desplegaba yo mis ganas de cuidar, de estar presente y mi capacidad de amar. Atributos del maternaje. Maternar sin ser madre.
Un día quise ser madre y me convertí en mujer.
Porque ser mujer es más grande que ser madre. Tiene que ver con la entrega, la apertura, la flexibilidad, el compromiso, la dicha, la actitud agradecida, la exuberancia, la abundancia, el movimiento, la suavidad, la fortaleza, la intuición, la pasión, el entusiasmo, la valentía, la devoción, la nutrición, el crecimiento, la madurez, la plenitud, la escucha constante, la presencia, la creatividad, la contundencia, el ritmo, la contención, el sostén, la ternura, la confianza, el respeto, la armonía, el placer, la gracia, la salud, el cuidado, la libertad, la serenidad, el disfrute, la autenticidad, la verdad, la trascendencia, el amor por el amor…
No es que las madres o los hombres carezcan de esas cualidades, por supuesto que no son exclusiva de la etiqueta ‘mujer’. Son características, hacen parte de esa energía, de ese arquetipo si se quiere, una fuerza atemporal que atraviesa a cualquier cultura y tradición y la reviste de posibilidades.
Así que hoy celebro mi capacidad de auto maternaje, mi habilidad y entrega para maternar y con ello la tuya propia, la vuestra, la nuestra. Un imprescindible para colocarnos en nuestro sitio en la vida y sostenernos con fortaleza, alegría y dignidad reales.
Un día quise ser madre y hoy, agradecida, solo quiero ser libre, y feliz. Que es en verdad la misma cosa.

Escrito muy acertado y si te sirve de consuelo a algunos hombres nos ha pasado lo mismo. También aprovecho para darte la enhorabuena por la nueva web, esperando que tengas mucho éxito en su andadura y disculpándome por ser hombre y leer habitualmente tus escritos para «mujeres» ;-). Un abrazo desde el alma.
¿Disculparte? ¿Por ser hombre y por leerme? Yo te agradezco, por ser hombre y venir a leerme. Escribo para mí primero y después para quien quiera leerme con respeto. Escribo para nosotras, las personas, y tú eres una de ellas 🙏🏼