Convertirme en el útero que me contiene y me cobija.
Recogerme en mí y conmigo sin nada ni nadie más que atender.
Paciencia. Espera. Confianza.
Gestarme en la oscuridad de mi alma y dejarme tomar por la calidez de su luz.
Dejar que pasen los desvelos, los sueños, las fantasías. Dejar que todo cumpla su función, que haga su recorrido.
Quedarme quieta. Respirando. Atendiendo al latido, a la vibración, a la presencia.
Sentir el silencio. Estar en silencio. Ser silencio.
Apreciar la importancia y la profunda belleza de este momento, de este espacio sagrado y nutricio.
Intuir los brazos de mis ancestras y las espaldas de mis antepasados sosteniéndome, acunándome.
Percibir la contundencia de este descanso y ponerlo mucho en valor.
Quedarme aquí un minuto, una hora, un siglo. Lo que mi alma precise.
Agradecer el sostén. Atesorarlo.
Saber que puedo volver luego, mañana, cada día.
Volver cada día, sí, a esta madriguera mamífera, a esta hechura cósmica e interestelar.
Saberme madre, hija, mujer, criatura, energía. Saberme todo. Saberme nada.
Volver al cotidiano renovada, liviana, entera. Sin tara. Sin falta. Sin pecado. Plena. Libre. Coronada.
Y seguir camino.

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