Todas tenemos una parte tramposa que juega a confundirnos, embaucarnos y ponernos en duda, que cuestiona una sensación o mensaje que otra de nuestras instancias internas está viviendo como certeza.
Un ejemplo: estoy en un vínculo con alguien, del tipo que sea (familiar, de pareja, amistad, sexual, profesional…), y siento malestar, algo en mis tripas me dice que esto no es bueno para mí, me siento revuelta y aunque no acabo de entender por qué (la mente entra algo más tarde en juego, ahí está la clave, y a menudo además no acierta con el pronóstico) la verdad es que me siento ansiosa, inquieta, el corazón me late más rápido, siento un nudo en el vientre o en la garganta, como si no pudiese salirme la voz, puedo sentir hasta ganas de llorar y no es de alegría, eso lo sé. Entonces entra en escena esta parte con su arsenal de recursos: no seas tan mal pensada, tan desconfiada, dale una oportunidad, estás cagada de miedo, eso es lo que te pasa, es una persona encantadora, te quiere mucho, puede ser muy beneficiosa para ti la relación, te ha dicho que quiere lo mejor para ti… Bla, bla, bla…
Como todas las partes que nos conforman, ésta tiene también su cometido y su razón de ser. Hay veces en las que está acertada y eso sucede cuando ella y las demás instancias van en sintonía. Pero si lo que ella dice no concuerda con lo que el cuerpo me está contando, entonces aquí hay una discrepancia importante, una luz o bandera roja que a menudo no he atendido.
Somos mamíferas. Si observo a cualquier especie mamífera que no sea humana puedo comprobar cómo detectan a un depredador a distancia, cómo saben qué agua pueden beber y cuál está envenenada, cuándo descansar y dónde ponerse a resguardo, cómo atacar, cómo huir, en qué confiar, saben auto-regularse en cualquier acción, sus sentidos están desarollados y los emplean constantemente y todo esto, biología a un lado, lo aprenden de sus madres, que llevan a cabo un entrenamiento exhaustivo durante las primeras semanas o los primeros meses de vida de las crías para que luego éstas puedan salir al mundo solas con posibilidades de sobrevivir el mayor tiempo posible, y así poder también procrear, convertirse en entrenadoras de sus crías y que la especie se perpetúe.
Nosotras, las criaturas humanas, tenemos esta mente sofisticada como recurso que en los últimos siglos se ha hecho casi con la exclusividad de nuestro dominio. Si la mente dice A, creemos a pies juntillas que A es la vía, aunque las tripas nos estén gritando ¡¡es B, es B!!
Hemos perdido el sentido del olfato, hemos defenestrado a la intuición como brújula válida de nuestro ser, hemos rechazado nuestra parte animal, mamífera, nuestro instinto, en beneficio de una racionalidad que sin duda es prodigiosa y tiene su valor y sentido, pero que no puede hacerse cargo de todo, ni traducirlo y ni siquiera entenderlo porque no es su campo.
Nuestro lado instintivo rara vez se equivoca, las señales que el cuerpo nos regala suelen ser inequívocas. Es la mente la que, al querer hacerse cargo de todo, enreda y confunde. También es cierto que estamos faltas de ese entrenamiento previo porque nuestras madres también lo estuvieron y antes nuestras abuelas, y así en una cadena transgeneracional que si siguiéramos llegaría a aquellas otras mujeres, antepasadas nuestras, que sí estaban bien conectadas con la vida, la naturaleza y con su intuición, las que sabían porque escuchaban, olían, saboreaban, tocaban y miraban con atención, sensando cada percepción y poniendo en valor sus vislumbres. Esas mujeres son nuestras ancestras y aún hay partes suyas latiendo en nosotras, ocupando cada célula de nuestro ser. Ahí está contenida toda la información que precisamos para plantarnos en esta existencia tan racional, tecnológica y aséptica con los recursos de las hembras que también somos.
Nos invito a darnos esa oportunidad, a darle a nuestras antepasadas permiso para poseernos, dejarnos tomar por su sabiduría atávica y que nos atraviesen con el aprendizaje que durante cientos y miles de años han atesorado en sus preciosas cadenas genéticas.
Nuestra parte racional nos lo va a agradecer porque está agotada, sobrepasada y sobrecargada. Precisa un baño de humildad y recolocarse en el sitio que le corresponde, sin usurpar otros lugares donde por mucho que se empeñe no puede manejarse con armonía.
Cada parte en su sitio, cada cosa en su lugar, cada instancia con su nombre. Todas incluídas, perteneciendo. Tal vez desde ahí podamos recalar en la autenticidad y vivir en plenitud.

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