Esta semana he aprendido algo muy importante para mí: si hay algo o alguien (el objeto es indiferente, todos funcionan de la misma manera) de lo que siento que no puedo prescindir o que si lo decido, me cuesta mucho prescindir de ello, entonces eso es apego.
Vaya…
Dejaría ahora un espacio amplio aquí para generar silencio, reflexión y dejarme atravesar por esa afirmación que todavía me cuesta encajar.
Porque me doy cuenta entonces de cuántos apegos sufro y cuán activos y fuertes viven en mí. Tanto que algunos podría incluso llamarlos adicciones, en el sentido de que me cuesta vivir sin ellos, y a menudo me cuento incluso historias para justificar su permanencia. Porque renunciar se me hace duro o inviable. Creo que no puedo.
Me doy cuenta también de lo equivocada que he estado cuando decía sentir amor y en realidad era puro apego. Lo cual pone en cuestión también mi manera de entender el amor y mi forma de amar. No mi capacidad. Ésa permanece intacta por debajo de toda la estructura egoica.
¿Qué coño es amar y qué es estar apegada entonces?
Amar no espera contraprestación ni requiere esfuerzo alguno por ninguna de las partes implicadas, que aman simplemente y punto, porque así lo sienten, desde la presencia y la entrega.
Estar apegada sin embargo conlleva currármelo, a menudo mucho. Es estar ahí pico y pala cada día, sin descanso, entregada a la tarea. Y esperar que del otro lado me llegue una contrapartida, porque es justo y necesario, me digo, anhelando conseguir.
Eso no es amor. En absoluto. Es algo que se a mis ojos velados se le puede parecer. Un sucedáneo. Una mera y errada aproximación. Una tremenda confusión. Una mentira.
En el camino que es la vida he perdido a seres queridos, trabajos, dinero, oportunidades, miedos, sueños… Y mi vida ha continuado, yo he continuado sin ellos. Aún así, no dejo de desear o anhelar otros nuevos, de manera que la cadena continúa sin fin.
El deseo y el apego están conectados directamente con la carencia, y lo que destruyen en mí en última instancia es mi libertad. Deseante, anhelante, persiguiendo objetos, personas y experiencias, percibiéndome carente y alimentando esa rueda de continuo, pierdo mi capacidad de ser libre, mi poder y mi fuerza.
«El cuerpo no es el límite, el límite es el ego«.
Un compañero muy querido nos compartía esta joya hace unas semanas.
El ego es el límite, efectivamente, y lo traspaso o al menos lo debilito cada vez que me hago consciente de mis apegos y condicionamientos y, en lugar de quedarme pegada o enredada a ellos, identificándome, analizando o tirando del hilo, los entrego al vacío para que allí se disuelvan en la inmensidad que es la Consciencia. Éste es el camino y la vía.
Lo pongo aquí por escrito por si a alguien le sirve, porque para mí está siendo un descubrimiento de calado, y sobre todo para recordármelo a mí misma, que lo he podido experimentar tantas veces y sin embargo sigo olvidándome porque mi ego hace un trabajo muy efectivo de distracción y despiste.
Ya está bien de darle más fuerza y espacio que a la propia luz de mi consciencia, que es lo único verdaderamente genuino. Ya está bien.

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