Me gusta sentir y sentirme.
Sea lo que sea lo que sienta, quiero y elijo abrazarlo.
Quiero sentir el gozo, el dolor, el placer, la tristeza, la plenitud, la carencia, la confianza, el miedo, el deseo, la desgana, el amor, la ira, el fuego, la frialdad, la esperanza, la duda, la certeza, la soledad, la calma, el infinito…
Prefiero sentir a no sentir, prefiero ser consciente de lo que siento.
Sentir me pone más humana, más mamífera, más viva, más conectada. Me hace tierra, y cuando hay tanto aire en mí, ser tierra es el paraíso.
No quiero vivir como una zombi, como una autómata, vivir a medias o anestesiada. No quiero pasar de largo, de puntillas, ni quiero esconderme o evitar nada de lo que la Vida pone en mi camino. Sea lo que sea.
Tampoco deseo apegarme a ninguna sensación, emoción o sentimiento, a ningún hecho, persona o situación.
Quiero poder estar presente, vivenciarlo todo cuando viene y mientras se está dando, atravesarlo y soltarlo después. Sin dramas, sin engancharme a la intensidad, sin hiper-analizar ni darle mil vueltas.
Sé que la voluntad sin conciencia agota y no llega muy lejos. Pero juntas obran milagros.
Tal vez sea hora de aprender a abandonar anhelos, de simplificar y quedarme en lo sencillo, con lo mínimo.
Tal vez sea ése mi mayor aprendizaje en esta existencia, uno que se me resiste y que no sé cómo alcanzar, más allá de seguir intentándolo en cada vínculo, con cada sueño e ilusión.
Así que continúo sintiéndome con lo que hay, con lo que soy, aprendiendo desde la experiencia, procurando no escaparme de nada para quedarme en todo y comprobar su impermanencia.
Porque vivo, siento. Porque siento, sé que estoy viva.

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