La dama del lago

Ago 10, 2025

«La historia que nos contamos a nosotros mismos para justificar lo que hacemos es, fundamentalmente, una mentira.»

Slavoj Zizec

Anoche no podía conciliar el sueño y hacía tiempo que no me pasaba. Me sentía activada, inquieta. La mente se pone a funcionar a destajo y tengo que hacer un esfuerzo por calmarla, quedarme en mi cuerpo, respirar, alimentando la pausa y el vacío.

Me entretuve en buscarle causas externas a mi insomnio cuando sé bien que el movimiento siempre es interior, aunque venga motivado por algo ajeno. Pero veo que de entrada tiendo a negar la evidencia, un mecanismo obvio de defensa.

¿De qué me defiendo? Me pregunto esta mañana al amanecer, después de haber dormido unas tres horas solo. De la verdad, me digo. Porque a veces es dolorosa, o como poco, incómoda. Entonces la cita que anoto arriba me viene devuelta, implacable. Hace dos días que llegó a mí a través de un amigo. El mismo día que comenzaron los síntomas.

Qué mágica y coherente, qué sabia es la Vida…

Tengo unos anhelos de calado que, como otras veces en mi vida, no estoy pudiendo alcanzar. En este caso, además, están vinculados a otra persona, y esta ecuación se desvela de nuevo inviable. Si me empeño en algo que no depende de mí, estoy vendida de antemano. Es más, si ya he aprendido que empeñarme, en general, no es el camino, ¿qué hago de nuevo poniéndome a la tarea, ciega a la realidad? ¿Dónde está mi aprendizaje sobre la entrega, la rendición, la confianza en la vida, la aceptación, el desapego y el hacer mi parte para soltar después?

Parece que esos tesoros que en otras ocasiones he podido conquistar se me escabullen entre los dedos. Los dejo escapar. Ni me acuerdo que los tengo.

Por fortuna, la luz de la mañana trae claridad y respuestas. Aunque no son las que me gustaría, son las que hay. Y además son ciertas.

Entonces veo que esta tos de los últimos dos días, la mucosidad en la garganta, la punzada de malestar en el lado izquierdo del pecho que se refleja en la espalda, la sensación general de cierta vulnerabilidad sin rastro de fiebre, sin dolor, con la cabeza despejada y el insomnio, son síntomas que responden a la tristeza que genera en mí aceptar esa verdad.

No sentirme correspondida. Saber que el otro me da lo que quiere y lo que puede. Constatar que eso para mí no es suficiente y que, una vez más, soy yo quien crea la fantasía de que mi anhelo por fin iba a sentirse colmado…

Mentira. Me he engañado. De hecho, cuando recapitulo, puedo ver que toda la información estaba ahí desplegada, disponible y a mi alcance desde el primer instante, que yo la he recogido, procesado y que sin embargo, he optado luego por obviarla para quedarme fascinada con el cuento.

No sé qué me genera más tristeza: la no correspondencia del otro o mi resistencia a asumir la realidad obviando mis aprendizajes previos. Ambas. La segunda extiende sus ondas más lejos, màs profundo. Claro, me repito, porque el movimiento en realidad es siempre interno.

Respiro estas certezas. Siento mi pecho cargado y más abierto a expandirse que anoche mientras estaba en vela. No me fustigo ni me recreo en mi tristeza. Me incorporo y me planteo qué necesito hacer para cuidarme.

Qué necesito y cómo me cuido. En verdad es simple. Tengo el diagnóstico y el tratamiento.

No como nada, el ayuno es mi primera elección de auto-cuidado. Me trae la ligereza y claridad mental que necesito.

Hoy voy a hacer un peregrinaje a través de las montañas y el bosque hasta llegar a un lago de agua gélida color esmeralda. Voy bien acompañada, ligera de peso, en silencio, respirando, movilizando mis articulaciones, en especial las manos, porque sé que me van a doler. Camino a mi ritmo, afinando la intención que llevo prendida, enfocada en cada paso, consciente de mis pies y de lo que quiero dejar atrás. Las fantasías irreales, los empeños, la mente delirante, las emociones encendidas… Montones de mariposas nos guían durante el camino. Sonrío emocionada.

Llegamos al lugar y me maravillo ante tanta belleza. Rodeamos el lago hasta encontrar un lugar de fácil acceso. Me desnudo con toda mi atención. Me da igual lo de afuera. Ahora estoy en mí. Practico mis respiraciones de fuego para generar calor interno y poco a poco entro en el agua helada, pura y cristalina sin alterarme. Sé que puedo hacerlo, que voy a atravesarlo. Me mueve mi compromiso conmigo, lo que he elegido dejar atrás en este peregrinar y con esta inmersión. Lo recuerdo todo mientras sigo respirando. Todo está bien. Las aguas me despojan de lo ilusorio que vengo a entregar. Lo toman todo generosas y después de unos minutos dejo de sentir frío y solo experimento gozo y plenitud. Me río a carcajadas. Agradezco en voz alta a la Vida, a la Madre Tierra, a mis compañeros de camino. Disfruto de esta exquisita experiencia de unidad.

Brilla el sol. Estoy viva. La Vida es preciosa. He venido para aprender, crecer y disfrutar. Eso es justo lo que estoy haciendo. Todo es perfecto. El frío que se ha quedado alojado en mi espina dorsal. Esta punzada en el lado izquierdo de mi pecho. Dan en la diana. Soy la diana. La clave. El ancla. Soy la pregunta y las respuestas. Está todo en mí.

Ya vestida me siento al sol en una piedra, con los ojos cerrados. Noto un cosquilleo en la mejilla. Es una mariposa, negra con motas rojas. Se pasea por mi rostro acariciándome, regalándome su tacto sutil. Sonrío levemente para no molestarla. Se queda unos instantes paseando por mis ojos, mi frente, mi nariz, mis labios. Siento que me está besando suavemente, y que con cada roce me bendice. Mi criatura tótem, la primera de todas. Me siento dichosa. Se posa en mi camisa y le agradezco su guía y las felicitaciones, la suavidad del amor que me ha mostrado. Tan pequeña y frágil, tan grandiosa.

Aún tiemblo por dentro. De frío. De emoción. De vitalidad. De gratitud.

Doy un paso al frente. Seguimos caminando.

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