Las emociones son olas.
Vienen gestándose desde lejos motivadas por factores varios y van ampliándose y creciendo a medida que avanzan.
A veces se deshacen en mitad del océano, se quedan en nada, se difuminan entre la marea y desaparecen.
Otras se elevan hasta alcanzar su punto más álgido y revientan con violencia en la orilla. Tras volverse espuma blanca se disuelven de nuevo para desaparecer.
En todos los casos llegan y luego pasan. No se quedan.
Por eso la dicha no es una emoción, es un estado, porque permanece. Es un lugar interno en el que residir y que puede verse atravesado por la tristeza, el miedo, la alegría, la ira… Pero eso son emociones y las emociones, patologías a un lado, no hacen hogar.
Ahora estoy triste. La tristeza es una emoción. Una ola, pasajera. La tristeza no es mi hogar.
Yo resido en la dicha, en el gozo, en el arrobo y el éxtasis. Mi hogar es el deleite, la Gratitud y el Amor.
Las emociones pasan. Los estados permanecen.

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