A veces me toma la sensación de no llegar, de no ser suficiente o capaz. No parece darme la vida, la energía, el tiempo. ¿A dónde se fueron los días, las horas, el impulso? ¿Cómo han transcurrido sin que haya podido encajarlo todo?
Me siento abrumada, sobrepasada, lo sé porque además he comenzado a descuidarme, a desatender mis ritmos y necesidades. Lo que me hace bien y que no es necesariamente funcional o productivo sino más bien conectado con mi placer, mi salud y mi descanso ha quedado relegado a un cuarto o quinto plano. Sin darme cuenta lo he desbancado del puesto de prioridad. Me entristece verlo.
La tensión muscular vuelve a hacerse presente. El cuello y la parte alta de la espalda se resienten. Los intestinos parecen paralizarse. ¿Otra vez? Me dicen con cierta amargura. Lo sé, lo siento. Me he perdido de nuevo.
Respiro profundo y noto el temblor en mis manos. Lo dejo. Está bien. Así drena mi cuerpo la tensión, el miedo. Un miedo que yo misma me genero embarcándome en demasiados planes y actividades, demasiado empeño puesto en hacer y en estar.
Es tiempo de preguntarme una vez más cómo he vuelto a llegar aquí y qué puedo soltar para aliviarme. Y para atravesar eso que no puedo soltar atiendo a qué actitud me va bien para llevarlo de forma más liviana.
Miro cómo me pongo exigente conmigo, la fuerza que le doy al sentido de responsabilidad, tanto que me rigidizo. Observo también que pierdo contacto con la realidad al olvidar que necesito parar, que no puedo con todo siempre, y que tampoco quiero.
Olvido de mí. Sí. Me olvido de mí.
Esto también me entristece.
Lo respiro. Lo dejo estar. Así ha sido esa vez.

0 comentarios