Es de noche y de nuevo estoy despierta mientras el mundo duerme.
En este estado de vigilia atenta y serena puedo percibir la llegada de ciertas sombras retorcidas que ansían abrirse paso entre mis entresijos. Buscan malear el escenario, hacerse con él y reclamar para sí toda la belleza que abarca y la potencial grandeza que va revelando a cada instante. Se alimentan de esos tesoros para engrandecer su orgullo, su lujuria y su infinita codicia. Llegan cuidadosas, no avasallan, pero sus turbias intenciones impregnan un ambiente que puedo percibir revuelto, confuso y pestilente.
Entonces advierto con nitidez la invitación que me extienden. Podría, me dicen, utilizar ciertos poderes invisibles y ciertamente cuestionables e invocar a las fuerzas de lo intangible para que asistieran a mi propósito. Podría acudir a un hechizo infalible para lograr tenerte a mi lado, propiciar que te quedases conmigo y que tu corazón latiese por y para mí. Podría engatusarte, embaucarte y seducirte con irresistibles artes que no serías capaz de percibir como tales y lograr así que te quedases, que fueses mío, que la magia reinase en nuestro vínculo y la llama ardiese incandescente.
Podría hacer todo eso y más, pero sin forcejeo y envuelta en mi suave manto de calma les digo que no lo haré. No voy a manipularte ni a manosear esto que existe entre nosotros para colmar mi deseo, mi ansia de poder, mi vacío y mi miedo. No quiero ensuciar este incipiente paisaje y su novedosa frescura con artimañas. No es ése el sendero que mi brújula marca ni los recursos que emanan ahora de mi manantial interno.
Quiero que me quieras, sí, y que permanezcas presente porque así lo deseas, que te quedes en el vínculo porque tú lo quieres. Que lo hagas por ti y también por mí. Que me elijas cada vez porque esta mujer que ahora soy te cautiva, te hace vibrar, porque confías en ella y quieres abrir tu esencia a la suya, porque a su lado sientes la pulsión de la vida nutriendo tu ser y juntos creamos universos de complicidad que devienen paraísos, hogares y parques de atracciones donde seguir creciendo y explorando unidos. A veces de la mano, otras por separado, conscientes de nuestra propia libertad y de la libertad del otro, sabiéndonos conectados por un misterioso hilo que se teje a sí mismo, porque cuando dos energías afines se encuentran, se reconocen y se reúnen.
No es amor romántico, no. No es necesidad, ni enamoramiento, ni atractividad, ni enganche. No es apego. Es conexión, flujo, comunión, éxtasis, ensamble, unión, completitud, totalidad. Es amor. O al menos algo que se le parece mucho, que nos recuerda a eso que una vez vivimos y que nos colmó del todo.
A mí también me fascina esta mujer emergente que me brota sin esfuerzo y quiero dejarla manar, que sus aguas me inunden y me pueblen, que hagan crecer en mí la hierba, los frutos, las flores y los aromas de esta otra forma de ser y de vivir. Dejarme tomar por la luminosa certeza que trae consigo y descubrir a través de su dulce fortaleza el amor que representa.
Quiero darle vida a esta flamante criatura que abre horizontes con su mirada, encarnarla con dignidad y prestancia. No porque esté interpretando un papel fascinante sino porque esa mujer soy yo y por fin nos hemos encontrado. Siempre estuvo ahí, tras las sombras, tejiendo confiada, en silencio y con inagotable paciencia su vaporosa túnica de gracia, una que me calza a la perfección porque es mía y está confeccionada con profundo amor a medida para mí.
La bruja, la sibila, la bacante, la ménade, la pitonisa, la celestina, la voz oracular, la sierva de los dioses, la hechicera, la crone, la meiga, la que sabe porque ve, la medium, la curandera, la chamana, la mujer medicina, la yoguini. Puede, como cualquier otra criatura, optar por el camino incierto y volverse tenebrosa. O elegir la senda del corazón y caminar en belleza para transformarse en el ser de luz que está llamada a ser.
Esta mujer que reclamo por fin porque ahora sé que soy yo, va a sostener impecable la incertidumbre y la incomodidad que a mi antigua yo le supone aclimatarse a los inéditos ropajes de libertad y amor incondicional que ella trae y que tan bien nos sientan. Vamos a acompasarnos las tres hasta que podamos fundirnos en una sola, ésa que yo ya siento y que tú intuyes, la que se atreve y se muestra, la que me apasiona y tú adoras.
La mujer interna está cobrando forma humana. Ya no hay vuelta atrás, solo vida por delante.

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