Se dirigen hacia la montaña las dos hermanas, cogidas del brazo, confiadas y dispuestas, curiosas como niñas, atendiendo el llamado que otra mujer-maga lanza para compartir un mensaje que le viene dado. Convoca en un lugar muy especial y sencillo. No hacen falta fuegos artificiales para alcanzar el cielo. Puede sentir en la armonía y humildad de estas mujeres toda la grandeza contenida en el mundo, la misma que envuelve a la naturaleza, la que preserva el espacio que las acoge ahora. «Solo soy una mujer montaña que está llena de paciencia» recuerda los versos de aquella canción…
La hermana mayor lidera estos días el recorrido. Están en su terreno. Tiene pleno sentido. La pequeña se deja guiar extasiada, agradecida. «¡Qué fácil así, cuántos regalos!»
El espacio se abre generoso, desplegando una energía antigua de amor y respeto, de sosiego. «Aquí se viene a descansar, sí, a descansar y a dejarse en paz, a contemplar y agradecer, a hacer nada«. Y eso es un consuelo para ambas. Para todas las reunidas.
Exploran con los sentidos, recorren el paraje. Aprecian el abrazo que una encina centenaria les ofrece al entrar, la dulzura del riachuelo que emana de la roca, el canto de las aves, el fuego de los madroños, la figura esculpida en el tronco, el inmenso mandala emanando belleza y centramiento, el aroma a musgo húmedo, la leve brisa acariciándolo todo.
La pequeña se ha adentrado en el camino para explorar. Cuando vuelve, la mayor ha elegido un lugar donde acomodarse y ella la sigue. «Juntas está bien, sí, es perfecto, que elija ella también es perfecto, y quedarme a su lado. Quiero estar a su lado. Quiero tener cerca a mujeres como éstas. Es duro y cansado hacer camino sola«.
Los mensajes llegan cristalinos y puros como un manantial subterráneo. Agua clara que limpia y purifica, agua dulce que mana de sus agradecidos ojos sin esfuerzo y sin control, agua que las recorre por dentro abriendo y ablandando lo que permanecía bloqueado.
La mente pensante comienza su portentosa actuación queriendo ocuparlo todo. Genera un pensamiento tras otro, ideas, imágenes, análisis, explicaciones. «¿Te das cuenta de lo que haces y cómo te desconectas? Cuando funcionas así es imposible que llegue la información a la que precisas acceder en cada momento». Hay una voz que la guía y puede sentir que lo que manifiesta es verdad. Reposa ese contenido en su respiración y la híper actividad mental se ralentiza y reduce sin que ella tenga que hacer nada concreto ni titánico al respecto.
Una profunda sensación de armonía y bienestar se extiende y la invitación es a bajar a tierra, a entregarse y confiar en el sostén de la madre. Delicioso descanso sobre un mullido manto de confianza, de paz, de amor incondicional. «Hazte cargo del amor que eres», pronuncia suave la tierra. Y ella sabe que eso es cierto, que le toca apropiarse sin pudor de este regalo.
De vuelta a la vertical, sentada en la hierba, la energía del padre cielo se manifiesta poderosa. «Te voy a ayudar, estoy contigo siempre. Verás que vas a encontrar tu seguridad interna y a reconocer siempre tu valor y la dirección a seguir». Y esto la conmueve profundamente porque lo necesita mucho. Llora lágrimas agradecidas y siente su dulce caricia en el rostro. «Eres mi hija. Te amo. Quiero lo mejor para ti. Confío en todos tus dones. Vas a estar bien«.
Ha podido reconocer estos días en esta tierra rodeada de mar, de energía nutricia y de resonancias antiguas que esa emoción que la inunda hasta el llanto es Gratitud, Gratitud envuelta en un velo de profundo Amor maravillado ante tanta Belleza y frente a la Grandeza de toda la creación. Recuerda de pronto lo que aquella mujer sabia le devolvió el día en el que confesó su arrogancia ante el grupo: «Te voy a dar una receta para eso, es muy simple. El antídoto frente a la arrogancia es la Gratitud».
Sentirse habitada por estos tesoros la reconforta profundamente. Es Amor, Gratitud, Belleza. Pertenece a este lugar. Está íntimamente unida a estas mujeres. Vibra alto. Vibra lejos. Le toca recorrer ahora un tramo del sendero que en la superficie le asusta mucho. Siente miedo, sí, no sabe aún cómo abordarlo, cuándo, con qué consecuencias. En lo profundo ve que así debe ser, que va a poder y a saber, que todo va a estar bien. Confía. Se sabe capaz, acompañada, lista. Siente su poder, su fuerza. «Enfócate en eso, solo en eso«.
Se despiden las hermanas entre sonrisas, alguna lágrima, abrazos y besos. Se dan las gracias varias veces, se hacen promesas, se desean lo mejor. «Seguimos conectadas, hermana, más que antes«. «Sí, más que nunca«. Y prosigue cada una su camino, sin pesar, con una tibia sonrisa inundándoles el rostro, conscientes de este hilo invisible que entreteje sus designios y tira con suavidad de ellas cuando el impulso interno languidece.
Las mujeres despojadas de lo ilusorio se hacen muy conscientes de que todo las conecta y nos volvemos maestras en el arte de la compasión, el cuidado, la nutrición y la escucha. No hay ser que quede fuera de nuestra Red de luz. No existe la competencia, ni la carencia, ni el desamparo. Solo unidad, confianza y prosperidad. Es lo que somos, sencillamente. Lo difícil ha sido el creernos ajenas a nuestra naturaleza durante tantas vidas.
La hermandad nos viene dada. Es una bendición divina. Un regalo infinito que se multiplica en la medida que lo honramos. Se da cuenta de que esto es así y en las alturas ya, de vuelta a su hogar, llora de nuevo emocionada al agradecer tantos tesoros. Los rememora uno a uno, los pone en valor, les muestra su apreciación y los guarda en la despensa de su alma. «No hay manera de ser infeliz en esta vida, no es posible en verdad desconfiar o sentirme sola». Y un sueño muy dulce la arropa. «Vengo de mi hogar y vuelvo a casa«, se dice. Y sonríe ante tanta y tan clara perfección.

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