Labios secos de tanto besar.
Piel marcada por la entrega y la pasión.
Ardor cálido, alegría y risas corriendo por las venas.
Ojos inundados de horizontes anaranjados y violetas.
Mente despejada y clara por las caricias saladas del mar.
Cuerpo abierto, coraza blanda, corazón encendido.
Mirada y escucha sin juicio, sin prisa, sin expectativas.
Capacidad de maravillarse ante tanta belleza expandida.
Ojos que se encuentran con ojos tan desconocidos como familiares.
Voces hermanas engarzadas para crear oraciones que trascienden el tiempo y el espacio.
Boca colmada de sabores deliciosos y de palabras veraces dichas y no calladas.
Genitales plenos de placer.
Conversaciones de calado interno nutriendo la visión del alma.
Músicas valientes, letras con sentido.
Montaña que acoge.
Oído empapado de gozo.
Manos suaves y vivas de tanto dar y recibir.
Contacto multiplicado y elevado a su máxima potencia.
Conectar sin esfuerzo y despedirse sin apego.
Miedo y duda disueltos ante tanta grandeza.
Confianza floreciendo.
Amor genuino y libre. Amor nuevo y brillante.
Abrumadora presencia.
Sensación de pertenencia, de encajar, de haber reconocido otro pedazo de hogar.
Madre Tierra. Padre cielo. Protección y seguridad.
Gratitud que lo ocupa todo y hace aflorar torrentes de lágrimas emocionadas.
Tantos regalos, cuántas bendiciones.
Vida entregada a la Vida, porque sí, sin más, porque de eso se trata.
Aunque a veces se pierda en el drama y el ajetreo que la mente egoica genera y del que se alimenta, puede ver que vivir es otra cosa.
Y lo anhela. Y lo quiere. Todo. Siempre.
Disposición a abrazar lo que se despliega.
Seguridad ante la dirección que marca el camino.
Alas que se recocijan y se preparan para expandirse del todo.
Valentía. Autenticidad. Gozo.
Vivir es esto, sí. Vivir es justo esto.

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