Rutina II

Ago 27, 2023

A veces me resulta pegajosa y soporífera esta familiaridad que lo envuelve todo en casa, en nuestra relación, en el tempo con el que nos movemos. Normalmente, sin embargo, la disfruto como un placer tan cotidiano como extravagante. Esta dulce comodidad, el acoplarnos sin palabras, sin esfuerzo, sin expectativas. Sabernos en compañía, conectados. Levanto los ojos de mi lectura para mirarte y me encuentro con tu sonrisa. Te digo que tengo hambre o sed y tú confirmas que también tomarías algo. Me gusta preparártelo y llevártelo hasta donde estás sentado. Me gusta que me des las gracias y que valores mis cuidados.

No hacemos grandes cosas. No hay grandes planes, grandes viajes o salidas a lo grande. Nos gusta estar juntos, tranquilos, salir a comer, compartir una botella de vino, sentarnos en la terraza, ver una peli, enredarnos en una serie cuyos personajes nos fascinan, cocinar juntos, salir a navegar, hacer una ruta en moto mientras comentamos por el intercomunicador el olor a jara, los buitres que nos sobrevuelan o la tormenta que se avecina a lo lejos. A veces me da por cantar y eso te divierte. Me pides que siga y entonces yo no sé qué más cantar.

Somos muy diferentes: tu silencio, mis ganas de hablar, tu austeridad, mi gusto por lo intenso. Funcionamos de maneras dispares: tú sujeto a lo concreto y mental, yo más atropellada por la emoción. Nuestros intereses y aficiones también difieren. Tus motores y vehículos, la nieve, volar, la videoconsola… Mis danzas, lo terapéutico, sumergirme en agua, leer, escribir… Tenemos en común el respeto mutuo por el espacio que dedicamos a eso que nos motiva, el silencio, la búsqueda de seguridad, la puesta en valor de la tranquilidad. Nos encontramos en casa, este hogar que yo inicié y al que te uniste luego y que se ha convertido en fuente de bienestar compartido. Desde aquí soñamos ahora el hogar futuro, con más espacio, más cielo, mucha más tierra, más aire y haciéndole sitio al fuego.

A veces extraño mayor intensidad, algo de novedad, movimiento, excitación, que seas de otra manera, que dejes de ser tú o que yo sea otra más valiente, más ardiente, menos predecible y aburrida. A veces el día, las estaciones, los años se estiran interminables y monótonos, se me tornan pesados y faltos de interés. Entonces fantaseo con mundos paralelos y otras aventuras, sola o en compañía, donde tú no estás y por un momento parece estar bien así. Cuando explota la burbuja tomo conciencia de lo absurdo de mi evasión y de lo mucho y valioso que venimos construyendo en este tiempo en común. O simplemente tengo miedo de que nuestra burbuja real deje de serlo un día. La costumbre extiende su losa sobre mí.

Lo cotidiano como una cárcel y como el paraíso. Todo entretejido, mezclado, confundiéndose y aclarando, ocultándose y mostrando. Un vaivén continuo con momentos de quietud. No es mejor lo nuevo, lo joven, lo desconocido sólo por serlo. Ni es peor lo que perdura, lo habitual y conocido, lo familiar, sólo por serlo. Pero una parte de mí dice que sí y me lo repite una y otra vez, que la vida es más ancha, que ando reprimida.

Me asusta su discurso y también la fuerza que está tomando. O le pongo un límite bien claro o me taladra con sus deseos. Por momentos me atrapan ofreciéndome un horizonte de libertad genuina, otros parece que pueden destruirme y destruirlo todo a mi alrededor. Y a la vez veo legítima su pulsión. La vida es tan rica en matices que cada movimiento hace sentido tal y como se manifiesta.

Una existencia que, cabalgando entre polaridades, acaba diluyéndolas en ese transitarlas, tocando un espacio de unidad donde todo es. Calma. Quietud. Silencio mental. Vacío. Descanso…

Y vuelta a la rueda de la ilusión…

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