Una estructura muy básica con forma de iglú hecha con cañas y cubierta de mantas.
Una pequeña puerta de acceso que solo es posible atravesar a gatas.
Un agujero en el centro excavado en la tierra, como un vientre.
Afuera un fuego arde desde hace rato, caldeando piedras que luego se introducen en el vientre, dentro de la estructura.
Accedemos y nos sentamos en círculo, muy pegados unos a otros. Una vez situados, cubren la puerta de entrada y quedamos en oscuridad total.
Las personas al cargo rocían las piedras candentes con agua y con hierbas aromáticas que inundan el pequeño espacio de un vapor denso, cálido y perfumado.
Se suceden los cantos, las bendiciones, el silencio. Cuerpos que transpiran y buscan acomodarse algo más, entregarse algo más, soltar algo más.
Yo siento que estoy pudiendo atravesarlo todo sin mayor dificultad, que puedo incluso disfrutar de la vivencia. Elevo un canto, siento a mis compañeras a izquierda y derecha, busco posturas algo más amables para mis piernas y espalda.
Hay tres oportunidades de salir si es preciso. Salir supone no poder entrar de nuevo. La cuarta oportunidad es el final de la experiencia, para quien haya aguantado.
Cada vez que alguien sale para no volver deja un espacio que es agradecido por los que quedamos dentro. Nos permite algo más de movilidad, cierta comodidad.
Cada vez que se abre la puerta entra aire fresco, bendito sea, y tenemos opción de beber agua, bendita agua, que llega como bálsamo a nuestras bocas y gargantas, que cae como un elixir de vida por nuestro cuello.
Y vuelven a introducir nuevas piedras y a rociarlas. El vapor sigue ocupándolo todo y mi cuerpo cada vez se siente más acalorado y cargado.
Ya se cerró la tercera puerta así que solo me queda esperar al final. Y siento que no puedo, que el aire me falta. Procuro respirar abriendo mucho la boca, pero no funciona. La dejo solo entreabierta, cierro los ojos y procuro respirar despacio, tranquila, pero no lo consigo. Me angustio porque me sigue faltando el oxígeno.
Pido ayuda. Digo en voz alta que estoy teniendo dificultad para respirar. No sé qué busco, si pueden ayudarme. Me dicen algo que no me sirve. Mi ansiedad se eleva.
Alejo mi cabeza lo más que puedo del vientre ardiente, bajo mi cara hacia el suelo buscando el frescor de la tierra humedecida por el vapor de agua. Pego mis labios y mi nariz e inspiro, expiro, inspiro… Una y otra vez.
Siento cierto alivio pero no es suficiente. Quisiera salir y anhelo quedarme, llegar hasta el final. Me veo de nuevo exigiéndome más, pidiéndome aguantar, no rendirme, ser fuerte. Quiero mandarlo todo a la mierda y salir de este infierno oscuro. ¡Sólo quiero respirar!
Me pregunto qué hago aquí, para qué he venido, qué ando buscando, qué sentido tiene ponerme a prueba de esta manera llevando mi cuerpo al límite.
Pero no es mi cuerpo el que sufre sino mi mente. Está en pie de guerra, se resiste. Ella es la que me dice que me asfixio, no mis pulmones. Ella es la que no puede soportarlo y acaba trastocándolo todo.
Continúo respirando pegada sl suelo, como puedo, lo que puedo. Será suficiente, seguro. Si mis compañeras pueden, yo también. Siento la piel de una de ellas en. Is piernas y me agarro a ese contacto.
Una historia, otra dedicatoria, un nuevo canto.
Por fortuna para mí los guías anuncian el final de la experiencia. Podemos ir saliendo de uno en uno y afuera todo es una celebración.
Haber sobrevivido me resulta un logro pero no tengo espíritu para celebrar demasiado. Solo quiero volver a casa y descansar.
Renacer es duro. Imagino ahora cómo de difícil fue nacer…
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