Cansancio

Dic 12, 2022

El amor en la Tierra es posible y yo estoy muy cansada.

Parecen dos premisas inconexas y sin sentido pero acaban de llegar así, juntas, latiendo fuerte, y estoy segura de que me traen luz, cuando sea que pueda descifrar el mensaje.

Las anoto aquí y comienzo a escribir, lo que sea, lo que me viene, confiando en eso que guía mi mano desde mi cerebro y más allá, muy adentro, en ese espacio minúsculo e infinito en el que reside mi ser.

Me siento muy cansada. Hace días que no duermo bien. Tan pronto me toma el frío como siento calor. Me duele el cuello, los hombros, la base de mi cráneo alberga una tensión que por momentos me resulta insostenible. No consigo conquistar una postura cómoda que lo sea durante un rato. Una cascada de sueños se precipita sin cesar, aunque apenas los recuerdo cuando me despierto. Y una constante pesadez en la cabeza me tiene aturdida y nublada.

Pero hay tanto por hacer que me pongo a ello cada día, a pesar del cansancio, de las molestias, de que la tortuga ya me advirtió hace días que el camino se hace despacio, con pausa. Y yo, empeñada en saltarme mi ritmo, me acelero, me digo que hay mucho por hacer, que tengo que hacer más, que hay que seguir haciendo, y para lograr encajarlo todo es preciso apurarme, no parar, que el tiempo se me escurre entre las manos.

Hoy, de pronto, he sentido parar a media mañana, con el sol ya alto, y desde esa luz me he visto con cuatro, con seis, con diez años, atareada, ocupada en hacer y en hacerlo todo lo mejor posible, para que estuviesen contentos conmigo, para sentirme querida y aceptada, en casa, en la familia, en el colegio, en la calle. Ocupada siempre, procurando hacerlo bien, conforme al dictado de los adultos al cargo.

Hacerlo bien. Lo mejor posible. Comenzar una tarea y llevarla a término en un tiempo prudencial. No muy rápido, eso supone no hacerlo bien, ni tardar demasiado, eso implica dejadez. Exigencia. Juicio. Ruido interno. Expectativas externas. Presión. Ansiedad. Miedo. Cansancio…

¿Qué significa hacerlo bien para una niña de cuatro, de seis, de diez años? Hacerlo como la persona adulta de referencia le dicta o como sabe que esa persona espera que sea. ¿Cuántos adultos conviven en la realidad concreta de esta niña? ¿A cuántos niños frustrados tiene que responder ella? ¿Cuánta demanda atiende y dónde queda, entre tanto, la atención a su deseo?

Sabe lo que su deseo es, lo siente muy claro desde dentro, es un fueguito, un impulso que late y que tira de ella, pero a menudo eso que siente la lleva a mancharse, a pasarse las horas inventando, ensimismada, a arriesgarse, a perder la noción del tiempo y hasta el hambre o el sueño, a no querer levantarse, todavía no, por las mañanas, a aburrirse con según qué tareas que no le interesan lo más mínimo, a guardar como gemas piedras, botones, flores secas.

Todo eso no está bien, le dicen, le repiten, o se lo gritan. No está bien o no sirve para nada. Aprende que, entonces, lo que ella siente y quiere no está bien. Los adultos saben y ella no. Si les hace caso la miran bien. Si se hace caso es muy posible que la miren mal y la quieran menos. La elección es peliaguda y decide obedecer. Así tiene más posibilidades de sobrevivir. Y mientras se sigue procurando espacios donde atender a su fueguito, manchándose menos o limpiando las huellas bien si las hay, escondiéndose, ocultando, mintiendo incluso o falseando, lo que sea necesario para encajar afuera y mantener a la vez viva, aunque chiquita, su llama interna.

Al parar hoy me he visto así, he visto todo eso en un fogonazo de tiempo, todas esas vivencias, los recuerdos, tantas situaciones cotidianas cada día, sin grandes dramas, solo eso. Y me he puesto a llorar. Siento tristeza por esa niña y quiero abrazarla, disculparme con ella, sentarme a su lado y preguntarle qué le dice su luz interna, escucharla, jugar a lo que propone y que se inventa sobre la marcha, decirle que el tiempo no importa porque en realidad no existe y que tampoco importa si se mancha, si se despeina, si come ahora o más tarde, si abre las piernas o se las cubre de cardenales, que vivir es todo eso también y todo lo que es vida tiene su lugar. Que la amo así como es, perfecta, preciosa, sucia, desgreñada, fantasiosa.

Hay una madre que ama así y me ha enseñado. Ella es la Madre. La primera y la única. La madre de todo lo que es. Ella es la Gran Madre y es tierra y más que tierra. Es raíz, sostén, cobijo eterno, hogar, pertenencia, abrazo, abundancia constante, útero infinito, incondicionalidad. Gesta, pare, nutre y deja ser a todas sus criaturas por igual, con la misma devoción y entrega. Les da la vida y con ella les transmite su saber, y ésa es la luz, la llama, el fuego interno que nos late por dentro y que hace de brújula, el tesoro más preciado y el ajuar más hermoso.

Agradecida, llorosa, cansada aún, suelto eso que estaba haciendo y me quedo en silencio atenta a mi luz.

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