Movimiento II

Nov 7, 2022

El espacio es amplio y diáfano, lo habita una música que resuena a un volumen elevado y numerosos cuerpos humanos que se agitan y desplazan a su antojo.

El mío es uno de ellos, con su densidad y estructura, desperezándose de rigideces y ataduras, estirándose y explorando sus confines, atendiendo a su impulso interno.

Como siempre, vengo plena de ilusión, con tremendas ganas de entregarme a la magia de la música, al furor del ritmo, a la energía de este grupo danzante que es un organismo vivo en constante expansión y contracción, como yo misma, como el universo entero. Anhelando poder dejar a mi cuerpo al cargo y moverme desde la libertad esencial que es, sin restricciones ni juicios, sin censura ni represión. Confiando en ser capaz de prescindir un poco más de la mirada ajena para volver esa mirada hacia mí y quedarme ahí, conmigo, acercándome algo más a la esencia de mi movimiento. Y que si contacto con un otro, sea desde lo genuino y la espontaneidad, soltando la seducción y el querer agradar, buscando solo ser y estar presente.

La mente se cuela de pronto en escena y quiere controlar, aferrarse a la ilusión de que ella sabe y que además está al mando. Emite juicios, mira afuera, se distrae y me despista, se vuela, se pierde y estoy a un paso, literalmente a un paso, de extraviarme tras ella.

Entonces mi cuerpo acude al rescate y se hace cargo, me aterriza, porque ésa es su función. La pista de baile es suya, el suelo y la tierra le pertenecen, así se vuelve raíz y sostén. Y desde su profunda y certera sabiduría, ejecuta un movimiento que la mente se resiste a transitar, justamente porque sabe que la neutraliza.

Mi cuerpo se pone a girar sobre sí mismo. Se adentra en el giro sin temor, confiando. Mis ojos entreabiertos, sin mirada, sin objetivo. Mi mente por fin callada, reposando. Toda yo me vuelvo giro en el giro. Me convierto en una espiral de mí misma que da vueltas sin cesar y sin prisa alguna. La cabeza juega a girar al mismo tiempo y la sensación de descontrol se agrava. Aparece el vértigo, el miedo a la caída, anticipo la vergüenza si es que pierdo el equilibrio y asoma un amago de naúsea. Lo registro todo sin engancharme a nada. Girar es así. Y sigo.

No sé cuantas vueltas he podido dar, cuántas ha generado mi cuello. Parece como si el tiempo no existiera y el espacio fuese infinito. Se disolvieron los muros, las barreras y distancias, y sólo queda el sostén y la gravedad de mi cuerpo. Por unos instantes que podrían ser eternos y sin ser intelectualme consciente de ello, me encuentro sumida en cierta vivencia de trance, abierta a lo que se despliega.

Hasta que por fin paro, después de reducir la velocidad de mi paso. Y al hacerlo mi cuerpo me transporta a otro escenario. Uno en el que no hay belleza estética sino cierta fealdad, rareza, turbación. Me muevo desde la arritmia, descompasada, desentonada, sola. Mis hombros, las manos, el cuello se expresan a través de espasmos, descargas que no siguen patrón lógico alguno. Mi cara se desencaja, la mandíbula libre, la lengua suelta, sonidos guturales y rugidos escapan liberados de mi garganta. No sé qué está pasando. Contacto con una sensación muy clara de estar loca, de haberme vuelto loca, de haber encarnado por un instante el desconcierto de ser atravesada y convivir con un trastorno mental.

No me asusto, no me escapo. Me quedo ahí y lo transito. Dejo que mi cuerpo siga mostrándome lo que tiene para mí y me entrego, confiando en su sabiduría. Me ha traído a explorar esta percepción y, tal y como se despliega, la abrazo.

Volverme loca, perder el juicio ha sido un miedo irracional que he sentido a veces. Ahora veo que tal vez no es la locura lo que me asusta sino la neurótica fantasía de perder el control, como si yo lo tuviera, como si fuese yo tan poderosa o tan importante.

Entregar el control me libera, me trae descanso, me invita a convivir con la humildad y la aceptación. Me explica que el esfuerzo no es necesario, que puedo confiar y dejar que la Vida sea y que rendirme a su grandeza es en verdad lo único que me toca hacer. Me muestra que está bien si tropiezo, si me caigo, si me duelo y me da vergüenza. Está todo bien. Puedo mirarlo y después soltarlo sin engancharme.

Eso no me parece que sea locura. Más bien cordura. Inmensa.

Por eso bailo, por eso escribo. Para ver. Para ver que no estoy loca sino que soy cuerda.

(Imagen de Álvaro Parada en sesión de Ecstatic Dance Málaga).

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