Súper poderes

Oct 22, 2022

Me he dado cuenta estos días. Tengo un súper poder que puede cambiar el mundo. Y lo quiero nombrar aquí para darle entidad y ponerlo en valor, porque a menudo miro mis miserias y les vengo dando estructura escrita, confesándome y reconociéndome a través de ellas, y también es justo y necesario darle espacio a lo más luminoso.

Mi súper poder, en realidad una habilidad humana, es mi capacidad de amar, de mirar al otro con cariño y compasión, de querer aliviar su sufrimiento cuando lo hay (querer aliviarlo no significa lograrlo, hasta tanto no llega mi súper poder), de interesarme de manera genuina por sus asuntos y querer escucharle, de ofrecerle mi apoyo en la medida que me es posible, de aportarle lo que tengo para ofrecer, de vincularme desde la presencia, de compartir y acompañarnos, de ponerme disponible cuando puedo estarlo, de alegrarme por sus alegrías y sentir sus dolores y tristezas, de comprender lo que está atravesando incluso cuando me es ajeno, de querer y desearle bienestar, de dejarle su espacio y seguirle desde la distancia, de ponerme humana y vulnerable a su lado, confiando en su camino y en sus recursos, honrándolo y abrazándolo tal y como es.

Es un súper poder de pleno derecho, un catalizador universal. Imagina qué consecuencias puede tener en el entorno si nos hacemos bien conscientes de ello y lo ponemos en práctica, si lo encarnamos en nuestro día a día y nos dejamos prender por la calidez de su llama. Imagina el poder de este súper poder en acción, cómo podemos movilizar multitudes, crear posibilidades, desterrar guerras.

A veces me distraigo de ese amor que soy, me pierdo en mis laberintos mentales o me enredo en emociones que me separan de él. Pero ya tardo poco en volver a esa casa que es el amor vivido internamente, el lugar donde mejor me siento en el mundo entero. Abrazo los embrollos que pensamientos y emociones me traen para mostrarme una y otra vez que soy un ser humano, que esta vida es mi proceso, y luego los voy dejando ir para retornar al hogar.

A veces me frusto, sí, me pongo triste, me duelo, me impaciento y me cago en todo lo que se menea cuando me enfado. Eso forma parte de mi humanidad y me ha costado mi esfuerzo reconocerme en todo ello y otorgarle su lugar como para ahora negar que es así, que yo también soy eso. No soy un ser iluminado que ha tocado para habitarlo el techo de su realización. Soy una mujer normal y corriente, de carne y hueso, con mis luces y mis sombras, que voy atravesando como puedo la vida, consciente de que me dirijo a morir.

Y escribiendo esto ahora me pregunto si tal vez mi mayor súper poder no radica precisamente en mi naturaleza humana, en ser capaz de entregarme a todo lo que mi ser humana tiene para desplegar. Y dejarme ser en cada uno de mis movimientos, desde una consciencia que me observa y me guía, que me acompaña en cada trance y cuando reposo, que responde a una sabiduría más elevada que yo misma en la que puedo descansar porque me sostiene a cada instante, incluso cuando me siento caer en el vacío más oscuro e infinito.

Tengo entonces dos súper poderes, o más bien uno, mi naturaleza humana, del que emanan otros tantos, siendo mi capacidad de ser amor el más nuclear. Qué hago con esa bendición que me ha sido otorgada es responsabilidad mía, siendo consciente de que mi humanidad también se conforma de dolores y dificultades, de enojos y frustraciones, y que el camino lo hago atravensándolo todo sin aferrarme a nada, porque nada va a perdurar cuando alcance el final. Todo tiene su lugar y su sentido en esa curva o en ese llano en el que se manifiesta. Una vez transitado, queda atrás. Y tanto las vivencias que atesoro como las semillas que dejo a mi paso van a darle forma al recorrido y a su final.

Dejo reposar todo esto en mí y me quedo yo a reposar en ello para que me empape y quede impregnando mi piel, y a través de ella que, como un aroma esencial, perfume todo mi ser, por siempre. La rosa huele a rosa hasta cuando se seca.

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