Hace unos días alguien me preguntó qué era lo más importante para mí en mi vida, y sin pensarlo apenas dije que las relaciones con mis seres queridos, los vínculos con aquellos que aprecio y que me aprecian.
Ahora pienso, primero, lo bonito que es tener conversaciones así, hacernos entre nosotras preguntas cómo ésas, que nos llevan a lugares más profundos de nuestro ser, en lugar de quedarnos en la superficie lanzándonos cuestiones de poca sustancia.
Después me quedé pensando con más detenimiento en esa pregunta y en mi respuesta, dándome cuenta que eso de vincularme, de generar y nutrir mis relaciones, ha sido siempre una prioridad en mi vida.
Todas tenemos en nuestras vidas facetas y relaciones distintas a las que darles cabida, pero hay personas que claramente priorizan algunas por encima de otras, o tal vez todas practicamos ese priorizar de alguna forma, más o menos conscientes de ello, ya sea por tradición, por condicionamientos aprendidos o porque así lo decidimos.
El trabajo, el dinero, el poder, la salud, la amistad, viajar, la diversión, la familia de origen, la pareja, los hijos, la religión, el sexo, el ejercicio físico, el éxito, una práctica espiritual, los animales, la naturaleza, la libertad, la lucha social, el placer, la posición social, el prestigio, el hogar, sobrevivir…
Dependiendo de qué prioricemos, así construiremos nuestra realidad y también justificaremos nuestras elecciones.
Desde este impulso mío por vincularme con el otro, me reconozco aterrizando en espacios nuevos y anhelando generar conexión, una que pueda llegar a transformarse en relación íntima. Pero esto no es algo que puedo forzar, no ocurre por sistema ni se da porque yo me empeñe. Sucede cuando aflora cierta química, cuando la otra persona se interesa también por mí y cuando, desde ahí, me prioriza en su cotidiano o me otorga un lugar dentro de su realidad. Entonces, desde ese interés recíproco, podemos empezar a construir para que el vínculo florezca, crezca y, llegado el caso, se consolide.
Ahora puedo ver cuándo me he esforzado sin fruto, cuándo me impuse seguir intentándolo, cuándo he culpado al otro por su silencio, por su no implicación, por su falta de iniciativa. Veo mi frustración al no lograr ese contacto más íntimo, el enfado que a veces me ha generado, por la energía que he puesto en juego y que queda perdida en el espacio, sin retorno. Me enfado y me quedo ahí un tiempo, el necesario para darme cuenta después que cada uno hace lo que puede, que tal vez mi anhelo tiene algo de compulsión y que el sentir y la necesidad del otro son tan válidos como lo que a mí me mueve. Veo el poso de tristeza detrás de mi enfado y, cuando llega el momento, puedo soltar lo que no arraigó y seguir.
He aprendido que conectar con el otro es más sencillo. Basta una mirada que destila interés por quién es, una conversación fluida donde hablamos con corazón, donde nos mostramos con lo que traemos, lanzando preguntas cuyas respuestas ansiamos escuchar, sintiéndonos miradas cuando nos preguntan de vuelta y escuchadas cuando contestamos, a veces con pudor, con cierto miedo. Mostrarnos nos pone vulnerables y no queremos que nos hieran. Pero hemos visto algo en el ser de la otra persona, hemos percibido un aroma de familia que nos dice «confío en ti, quiero conocerte y que me conozcas; deseo compartir contigo y encontrarnos, a ver qué nace de todo eso… Sí tú quieres. Yo estoy dispuesta y disponible.»
Si se da esa magia, hay futuro para el nacimiento de un nuevo vínculo. Si no, no pasa nada. Quedamos como personas que coincidimos una vez, conocidas, y ya está. Podemos hablarnos un tiempo y luego vemos que falta chispa, que no hay llama, que no nos interesa el otro realmente, que antes ponemos a otras personas y actividades, que eso es legítimo y perfecto tal y como sucede. Al final el tiempo es el que es, si aceptamos que existe. ¿Qué quiero hacer con las supuestas 24 horas de cada uno de mis días? ¿Con quién quiero compartirlas? ¿Qué espacios podemos generar y cohabitar? ¿Con qué intención?
Así que vincularme sigue siendo una motivación principal para mí, aunque ahora he bajado el volumen y ya ni me exijo ni le exijo al otro lo que no surge de forma espontánea. Miro lo que no es, lo que no está, lo que no hay y lo acepto. Pongo la atención en lo que sí y lo abrazo. Me atiendo y veo que el primer vínculo, el principal y más importante es conmigo misma. Sin ese anclaje de partida voy perdida. Nutrir mi relación conmigo es de vital relevancia. Así puedo salir al mundo y al encuentro con el otro sintiendo que estoy sostenida, arraigada, libre de compulsiones y enganches, sin peligro de caer en adicciones o en juegos de poder.
Y sí, lo más importante para mí en esta vida es la relación con los seres que amo, empezando por mí. Vincularme conmigo es mi mayor anhelo y de ahí, extiendo mi vocación hacia lo demás. Desde esa semilla imprescindible.
(Imagen de Álvaro Parada, en El Jardín de Francisco Villalobos).

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