Hay un tiempo para cada cosa.
Un tiempo para el miedo, la tristeza, el cansancio, la ira. Un tiempo para la alegría y la dicha, para la paciencia, el silencio, la risa y el llanto.
Cada cosa tiene su espacio, su lugar y su razón de ser. Quiero poder honrarla cuando llega y dejarla estar, sin resistirme, sin apresurar su paso, sin engancharme a su presencia. Solo verla llegar, acogerla y de la misma manera sosegada, dejarle el camino libre para que se vaya cuando se extingue.
No hay más misterio. No tiene que suponer un drama. Todo empieza y todo termina para comenzar de nuevo, y así eternamente.
Todo muy lógico, sí, con mucho sentido… Y si es así, ¿cómo me cuesta tanto soltar? ¿Para qué me apego tanto?
Cuanto más me resisto, más sufro. Cuanto más suelto y me desidentifico, mayor es la liviandad y la paz interna.
Tal vez esto del apego es justo uno de los asuntos nucleares que me toca abordar en esta vida. Una asignatura pendiente de la que aún no termino de examinarme.
Confío en aprobarla en algún momento. Cada día se abre un abanico enorme de nuevas oportunidades para lograrlo. Y así será hasta el final.
Aún tengo tiempo, si es que el tiempo existe. Si no, tengo la Vida entera. Un siempre. La eternidad.

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