Debo elegir a un hombre de entre el grupo para compartir con él parte del trabajo a realizar, una parte muy importante. ¿Cómo elegir ya si acabamos de conocernos, si aún no llegaron todos siquiera? ¿Cómo saber a quién? No quiero apresurarme y equivocarme, ni esperar tanto que no pueda ya elegir, que no haya ya hombres para elegir. Mi mente se hiperactiva y mi voz interna la frena en seco: «elige ya, tú sabes y él está aquí, entre estos hombres».
Busco un espacio donde descansar y relajarme, me siento inquieta y angustiada. Encuentro un bosque, una arboleda esmeralda, un arroyo, el silencio de la naturaleza siempre viva. Me dejo caer aliviada y aparece un hombre de la nada, un mago, un hechicero, un sabio que ya fue padre, amante, compañero y que ahora deambula solo por la vida ofreciendo su luz. «Tengo lo que necesitas», me dice, y yo sé que es verdad. Sin tocarme, masajea todo mi cuerpo, me eleva y me deja suspendida en el aire, limpia mis centros y me deposita de nuevo en la hierba cuidadoso para desaparecer sin dejar rastro. Me siento renovada, plena de energía, confiada, sin miedo. Le agradezco desde mi corazón y sé que me escucha. Estoy lista para volver a mi camino.
De nuevo en el grupo miro a los hombres mayores, me fijo en las historias que narran sus arrugas, en la naturalidad con que se mueven. Los veo hablar o permanecer callados y pensativos en sus asientos. De pronto las mujeres desaparecen, no las veo, no están, tampoco los hombres jóvenes, solo quedan ellos, los que ya atravesaron mucha vida, desiertos y valles, los que no tienen que impresionar a nadie y que van soltando a medida que avanzan. Veo su belleza, su grandeza, su gallardía. Veo su honestidad, su contundencia, su fascinante valentía. Creo que ellos no pueden verme así que me paseo más libre, sin prisa, parándome a su lado para atender a sus detalles y percibir su olor y su esencia. Es hermoso este explorarlos. Me recreo. Gozo. Agradezco.
La figura de la autoridad aparece. Es una mujer madura, luminosa, bellísima. Es un hada, una ondina mística. Se mueve con precisión sabiendo qué hacer y decir en cada instante, sin usar un movimiento ni una palabra de más. Certera. Concreta. Atenta a todo lo que es. Hace tiempo que la conozco y quiero seguir a su lado, aprendiendo con ella, creciendo. Sé que me estima, que valora mi ser y mi trabajo, sé que me tiene en cuenta y que confía en mí. Disfruto de observarla y cuando me pide asistencia con cualquier asunto es un placer para mí poder serle útil y hacer parte de lo que crea. Todavía a su lado me siento a veces como una niña, la niña buena y obediente, la niña aplicada y complaciente. Entonces mi adulta sale a escena para rescatarme: «sí, esa niña también está y ahora eres una mujer. Mira a tu maestra. Como ella es, tú eres. Créetelo. Ya». Así es.
Estoy ensimismada bajo un árbol en mitad de la noche. Sé que hay grupos, parejas, triadas aquí y allá pero yo no los veo ni me interesan. Estoy feliz y tranquila conmigo, en mi presencia, cansada, tocada por algo que sucedió durante el trabajo, vulnerable por ello y serena. Entonces aparece uno de mis compañeros, uno de esos hombres mayores. Respetuoso, sensible, parece verme a través. Me dice que me conoce de hace tiempo, que estuvo en mi presentación de un trabajo anterior, que leyó mi texto, que le impactó mi verdad. Me habla de la muerte, del morir, del miedo y del amor. Despacio, suave. Me conmueve escucharlo mientras lo miro fijamente a los ojos. Mis ojos se llenan de lágrimas. Siento el descanso de mi ser allí en presencia de ese desconocido que parece saberlo todo de mí. «Es él, éste es el hombre. Pídeselo. Está libre, nadie lo ha elegido aún porque debéis hacer este trabajo juntos, vosotros». Sonrío por dentro y él sonríe por fuera. Me dice: «sí, cuenta conmigo».
Estás tú, está ella y estoy yo. Cada uno sentado en una silla, muy cerca, con las manos entrelazadas los tres. Ya no sé qué mano es tuya y cuál de ella salvo cuando siento tu peculiar presión en una de las mías. Ese contacto me alivia, me sana, me refresca. De pronto se me ocurre que también a ella le coges la mano así, que ella también se siente viva con tu contacto. Siento calor, celos, me enfado. Pero dura un instante. Te miro y siento tu amor. La miro a ella y me emociona su fragilidad, su sensibilidad y belleza; veo por qué te atrae. Lo entiendo todo, yo también la amo por eso. Tengo ganas de llorar porque ahora solo siento amor, por ti, por ella, por mí misma, por este momento de comprensión y unidad. Soy Gratitud. Me acerco aún más a vosotros, manos y brazos entrelazados, reímos juntos y todo lo demás se disipa. Ahora es momento de marcharme.
Tanta humanidad. Tanta luz. Todo es esperanza. A pesar de la incomodidad, de lo que se viene abajo. Tanta perfección aun en el dolor. Tanto corazón vibrando.
Ya despierta, me dejo sentir el poso de tristeza que me recorre. No me resisto. Es parte del duelo, ahora lo sé.
(Imagen de Álvaro Parada en El Jardín de Francisco Villalobos).

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