Sentirme, sí, sentirme.
Sentir la suavidad de mi piel al despertarme. Los pliegues, los recovecos, su densidad. Sentir cómo juega con el tejido que la abraza, cómo se escabulle y se esconde y verla resurgir vibrante tras sus escarceos, juguetona y enorme.
Sentir mi olor, a veces ácido y otras dulce, conquistando espacios y emulsionándose con el entorno, creando efluvios, espumas y aromas de registros infinitos, sutiles y deliciosos.
Sentir la vibración de mi voz en mi garganta; sanas, limpias, cristalinas. Ser voz y ser aliento desde esa oquedad profunda que abre el umbral al alimento y a la expresión genuina y libre.
Sentir mi sabor, el sabor de mi sudor, el de mis lágrimas, el de mi sexo. Sentir en mí la sal y el agua, saborearme, gozarme, cocinarme a fuego lento dejando que cada pizca de sustancia dé con su punto.
Sentir la belleza de mis curvas, la perfección del trazado, las colinas, los valles, las pequeñas marcas de color que pueblan mi amplio escenario. Apreciar su armonía y cómo fluyen en calma de una a otra, conectadas.
Sentirme entera y hacerlo a diario y sin prisa. Sentirme en la acción y en el reposo, cuando pienso, cuando callo, en mi anhelo. Sentirme a solas y en presencia del otro. Sentirme en el enfado, con mi tristeza y cuando siento miedo. Sentirme cabalgando mi locura y en mis momentos de mayor claridad y consciencia.
Sentirme, sí, sentirme. En todo lo que soy, con todo lo que hay.

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